ser mujer

Monday, February 21, 2011

PseudoHermanita


Crucé la puerta, ante la mirada expectante de un padre al que no me he molestado en conocer, y una supuesta nueva madrastra a la que casi le doblo la edad, esperando ver a una hermana también desconocida, cuya única misión era conmoverme en lo más profundo, con sus babas y ruiditos prenatales. Afortunadamente, y vacunada eficazmente contra el instinto maternal, vi a ese bebé tumbadito en su pequeña sillita multiusos, y mi instinto (el social), me condujo a reaccionar como cada vez que me cruzo con uno de esos seres minúsculos y sin gracia, que miran hacia ninguna parte, inútiles, dependientes e incapaces de comprender: Fingiendo cierta simpatía e interés.

En la escena, una madre recién parida, con dudosa procedencia laboral, paraguaya, y que, a pesar de sus 23 años, parecía llevar tres vidas poco agradables a sus anchas espaldas. Envuelta en un batín azul al más puro estilo de maruja acomodada, su aspecto era desaliñado, con raíces de medio metro en un cabello sucio, caderas desproporcionadas, y grandes pechos, (que supuse habían sido la motivación de mi padre), dado que los rasgos de su cara eran demasiado duros, y su inteligencia (a la cultural, me refiero), inexistente.

Al otro extremo, un padre, ausente hasta los 63 años, que hace su reaparición más afectiva a los 64, coincidiendo con el nacimiento de su última hija. Casualmente, no de mi madre, sino de una niña acabada que le ha echado el lazo con sus indudables artes amatorias. Un padre, que hace un despliegue de sabiduría doméstica en cuanto a pañales, amamantamiento, y pediatría. Un padre, que ajeno a mi implacable ausencia emocional, me pregunta para ahuyentar sus miedos, esperando un sí sincero de mi boca, si realmente esa niña se parece a él.

Y yo, hablando de no se qué temas absolutamente triviales, para poder tragar saliva de vez en cuando, y no atragantarme con la tremenda escenita de vaudeville.

Friday, February 18, 2011

LA SAUNA



Esa tarde, en la ducha, me maravillé con el recorrido del agua sobre mí. Colmaba mi cabello y se deslizaba cálida por mis hombros, para luego esquivar mis pezones con calculada delicadeza, colarse en mi ombligo, y cubrir mis muslos. De forma inconsciente, usé el gel de manzana y el suavizante de liso perfecto. Bajo el agua tibia, intentaba relativizar la situación, pero me venían a la mente sus comentarios acerca de tocar mi piel, y saborear mis pechos… Tenía una extraña sensación de tranquilidad. Nada de lo que pudiera suceder esa noche me perturbaba; no sentía en absoluto la excitación previa de esas veladas que se ansían, ni el temor a una situación desconocida, ni morbo, ni un ápice de motivación, pero tampoco asco. Simplemente sería una escena lasciva más en mi vida nocturna, y por primera vez, obtendría una contraprestación por mi servicio exquisito.

Me sequé con tacto mientras miraba fijamente mi cuerpo en el enorme espejo, me embadurné de aceite, busqué la ropa interior adecuada para la situación, y me enfundé un vestido cualquiera.

El saludo fue incómodo, y la tensión se mantuvo hasta la llegada al restaurante, pero durante la cena, mi jefe se llenó de valor, y pasó de hablar del tiempo a compartir conmigo en voz susurrante, sus deseos hacia mí. Lo hacía de un modo clásico, casi cómico, y entre líneas me hacía saber que era absolutamente consciente de que si no tuviese esa situación de poder sobre mi vida, jamás podría conseguirme. Quizás fingía sentirse inferior a mí como ser humano, para compensar su superioridad laboral, y tranquilizarme intentando llegar a “tablas” en nuestros roles. De hecho no creo que fuese consciente de mi sorprendente estado de tranquilidad. Yo lo escuchaba simulando atención, mientras él me intentaba describir en gestos y palabras arcaicas, qué aspectos de mí le resultaban atrayentes. Me habló de mi frescura, mi inteligencia, mi integridad, y de cómo todas esas cualidades podían estar "envueltas de tanta belleza".

Ya en el postre, y a sabiendas de que el próximo destino era la sauna que había adquirido gracias a algún acto de prevaricación, decidí con total naturalidad, saciar mis dudas sobre la finalidad de nuestro encuentro. Que mi permanencia en ese empleo, dependía de un contacto sexual, era algo obvio, pero consideré necesario matizar las condiciones. Él me miraba atento, como si quisiera descifrar los mayores secretos de mi mente, mirándome a los labios en lugar de a los ojos, y algo confundido por el mensaje, me confesó que le dolía reconocer que sólo estuviese allí por la coacción, pero que le alegraba que hubiera entendido su "necesidad" con tanta madurez.

Salimos hacia la sauna. Entramos, se quitó la chaqueta, me cogió un pecho con la mano abierta, me empujó suavemente hacia la pared, y empezó a besarme. Cuando sentí su lengua viperina en mi boca, tuve que hacer un esfuerzo por concentrarme, porque visualizar la situación desde fuera me empezaba a repugnar. Cerré los ojos, inspiré profundamente, y me trasladé mentalmente a nuestro sofá para que todo aquello fuese más llevadero.
Me desnudó observando la caída de cada prenda, y me acarició todo el cuerpo de un modo compulsivo, como un ciego intentando descifrar las curvas de su amada.
Cuando abrió, la sauna ya estaba lista, se quitó la ropa rápidamente y al cerrar la puerta, solo pude ver una enorme erección entre tanto vapor. Me tumbó en el banco de madera, me siguió acariciando ahora más suavemente, abrió mis piernas, y me penetró como si lo hubiese estado deseando desde el momento de mi primera entrevista, aunque con cierta delicadeza. Tres segundos y dos jadeos después, había eyaculado.
En primer plano su cara enrojecida pegada a la mía, y nuestros sudores empezando a mezclarse de un modo hostil. No sentí ni dolor ni placer. Sólo temía desmayarme por el calor, y dejar de ser consciente de lo que acababa de suceder. Aquello había constituido mi primer acto de prostitución explícita y, tal y como sospechaba, me resultó escalofriantemente sencillo.

Sunday, February 13, 2011

Sola...


La culminación fue cuando me confesó que acababa de tener una hija con otra mujer. Al otro lado del hilo telefónico, abrí mi boca y no pude cerrarla hasta pasados unos instantes. No supe qué decir ante aquella noticia. Sentí dolor y pena, pero de mi boca salió una horrible carcajada. Rápidamente me recompuse e intenté fingir con aire de normalidad desde esa absurda postura de interlocutora mecánica y complaciente que acostumbro a adoptar.
Al colgar el poco mundo que me quedaba en pie, cayó, y como me resultaba imposible pensar, me dediqué a organizar cajones y ordenar ropa sin ninguna finalidad.

Cuando te busqué, no tuve respuesta, sentí que ya era incapaz de conmoverte a pesar de mi realidad; y cuando te dirigiste a mí al fin, me hiciste saber que te había decepcionado…

Siento la llamada de la cuchilla de afeitar, tan brillante y afilada, la cojo y la deslizo por mi mano... Siempre me ha asustado la sangre, pero hoy quiero verla, quiero ahogarme en ella, quiero sentir su calor en mi piel, y dormirme...
Siento la facilidad con la que se corta la iel y las venas, la muñeca derecha me cuesta algo más, pero me siento bien... Me meto en la bañera, y sin preocuparme por mi aspecto por primera vez en mi vida, me dejo caer, mientras mi sangre corre deprisa tintando la piedra blanca...
Mientras desfallezco, puedo ver tu amor por la mujer capaz, la imperturbable, y veo tu decepción cuando asoma en mí la niña frágil, ya que deja de ser válida, la que es una carga y no te despierta nada... y me quedo atemorizada y sola en un oscuro bosque, rodeada de hienas hambrientas que me miran con ojos brillantes y me deshollan con dientes afilados hasta desangrarme…

Tuesday, February 08, 2011

PARANOIA


Hablando con mi madre por teléfono, no pude contener mis lágrimas. Retuve un llanto ahogado, que como siempre en mi vida, debía ocultar, mientras ella, ajena al eje de mi mundo en esos momentos, desconociendo mi tristeza y mis temores, me hablaba de viajes y de bricolaje. Dos lágrimas con más sal que agua, mojaron mi móvil, y mentí cuando dije que debía irme, porque de otro modo el grito que permanecía suspendido en mi garganta habría salido ante los oídos frágiles de mi madre. No quería preocuparla. Estaba lejos, y no podía hacer nada más por mí, que inquietarse y sentirse culpable por la distancia que un día decidió que debía separarnos intermitentemente.

Pensé sobre ello. Inmersa en mi egocentrismo, no fui capaz de ver las pistas que me había estado dejando durante todo este tiempo. Todas las navidades, me escribía un mensaje; una carta auténtica, de las que ya no se estilan, a mano y en papel impregnado con su olor. Jamás las contesté.
En mi último cumpleaños, dibujó en plana calle, bajo mi ventana, nuestros nombres en mil colores, envueltos por un inmenso corazón rojo, luego llamó al timbre, y esperó a que me asomara. Creo recordar una leve sonrisa mecánica de sorpresa dibujándose en mi cara, pero ni siquiera bajé a felicitarle por aquella íntima pequeña gran obra de arte.

Un San Valentín, un mensajero sonriente pretendía llenar mi coche de rosas rojas, y cada día, sin faltar uno y fiel a su labor, me despertaba con un mensaje de buenos días y me arropaba con otro de buenas noches. Así, desde hace 7 años. Lo dejamos de una forma anormalmente civilizada. Se acabó el amor, y de un modo racional, interpretamos que nuestros caminos debían seguir rumbos distintos.

Reapareció de pronto, la semana pasada. Me llamó a las 4 de la madrugada 23 veces, y preocupada por si algo grave había sucedido, le devolví la llamada. Me habló del amor que sentía por mí, me confesó que había sido incapaz de olvidarme, que cada lugar, cada palabra y cada persona con las que se cruzaba era yo.
Intenté colgar el teléfono lo más sutilmente que permiten este tipo de situaciones incómodas, pero me amenazó con el suicidio. Intenté entonces hacerle comprender, pero me fui dando cuenta de que su mente no funcionaba de un modo organizado. Me hablaba de situaciones del pasado en tiempo presente, y comprendí que su mente se había empeñado en quedarse allí, en aquel pasado cómodo que compartimos un día.

Le hablé de mi pareja, y a modo de cuento infantil, me argumentó que el amor verdadero no tiene limitaciones. Su tono no era agresivo, y eso era lo verdaderamente desconcertante. De su boca sólo salían frases de amor y de autolesión, ni una amenaza hacia mi integridad, sólo ruegos y recuerdos mezclados de días que yo viví de forma diferente. Colgué el teléfono. Insistió 10 veces más. No lo cogí.
Sonó el timbre. Di un salto de la cama porque no podía creer que fuese él. Montado en una ridícula bici, en camiseta de tirantes un día de Enero a las 5 de la mañana, apareció bajo mi ventana compartiendo a gritos con el vecindario su amor por mí. No abrí la puerta. Supongo que lo haría algún vecino poco empático, harto de aquel espectáculo de Cyrano de Bergerac extremo.
Al subir, destrozó mi timbre mientras se empezaban a oír llantos de despertares forzados de los niños de la finca. Me acerqué a la puerta dispuesta a hacerle frente, pero una sensación de miedo inmenso me atrapó. No supe qué decirle. Veía bajo el umbral de la puerta su sombra en movimiento, y escuchaba inmóvil, bloqueada, las historias en las que se había quedado enquistado. Me quiso devolver por debajo de la puerta los cincuenta euros que le dejé “ayer” para el mecánico, me preguntó sorprendido por qué no fui a comer a casa de su madre el sábado pasado, que se quedó esperando, o si recordaba donde había aparcado su coche esta mañana antes de salir de mi casa. Paralizada, pasaban imágenes por mi cabeza; recuerdos; el coche que estrelló una noche porqué según él se le cruzó un animal en pleno centro de la cuidad, y cómo lo llevamos al desguace a piezas; la muerte de su madre, el entierro, cuando vendieron su casa; cuando me contaba que aquel hombre con paraguas lo quería golpear y tuvimos que salir corriendo huyendo de no sé qué; cuando creyó que la médica formaba parte de una conspiración en la qué querían acabar con su vida; cómo quiso dispararle en la nuca aquel empleado de la gasolinera…

Me sacó del estado de shock, el primer golpe seco en mi puerta. A ese le siguió otro, y luego otro más, y así, se lió a patadas con ella hasta romper uno de los cerrojos. Iba a conseguir entrar y no se me ocurría nada más que hacer que permanecer allí, quieta, perpleja y sintiendo que aquello no me podía estar pasando a mí.

En un arranque de irracionalidad poco efectiva, entristecí porque no tenía a nadie con quien compartir lo que me estaba pasando. No soporto en mi misma la sensación de víctima. Odio la compasión. La gente espera de mí que sea fuerte, que escuche, que gestione, que apoye… Sentí de repente que no encontraría en mi infinita agenda ningún hombro en el que apoyarme, ningunos brazos cálidos que me abrazasen, ningún oído que me escuchase de verdad, nada profundamente sincero…

Y se fue…
Por la tarde me volvió a llamar, y por la noche vino de nuevo a la puerta de mi casa, intentaba soplar para derrumbar la puerta y decía gritando que uno de “los tres cerditos” lo logró así…
Como siempre, mantuve mi coraza de chica fuerte, y acudí con esplendorosa sonrisa a todos mis quehaceres, pero lo cierto es que sentía una combinación de lástima y miedo cada vez que salía a trabajar, que cogía el coche, que iba al gimnasio o que sacaba al perro… Estaba por todas partes, salía de entre los coches. Dormía en plena calle, con esa misma ropa de verano, con la cara cada vez más desfigurada… Él me esperaba, y yo sólo huía.

Tras cuatro días de asedio, llamé a la policía. Sé como funciona esto. Lo vivo a diario en la piel de otras. Lo que no sabía era como te hacía sentirte… Mi compasión hablaba por mí: "Sé que no está bien… Necesita ayuda… No tiene a nadie…Incluso lo quise un día…"

Mañana es el juicio rápido, y conocedora, sé que es ahora cuando empieza el verdadero juego para él, pero la
tristeza se puso en cabeza cuando te tenía frente a mí, y mirándote a los ojos, ví como se abría un abismo entre nosotros que impedía que pudieras oír mi grito de dolor mientras iba a ser devorada... No te culpo, sé que yo tampoco he estado ahí; intento estar en tantos lugares por compromiso o complacencia, que al final dejo de estar en los que el corazón me pide...

Sunday, February 06, 2011

Flor del desierto


¿Qué madre puede sujetar a su hija de cinco años, mientras le extirpan con una cuchilla vieja y sin anestesia, el clítoris, y los labios mayores y menores?, ¿Mientras la cosen con espinas a carne viva?, ¿Mientras la niña grita y llora hasta encanarse de dolor?... ¿Qué madre puede someter a semejante vejación a su hijita preciosa?...

Una madre que ya lo sufrió, perteneciente a una sociedad de hombres que expulsarán a su hija de la aldea si no es mutilada, y la condenarán a prostituirse lejos de su familia.

¿Quién puede querer cortar sin piedad a una niña, para inmediatamente después penetrarla?

Un hombre. Cualquiera.