ser mujer

Monday, August 24, 2009

Strangers when we meet


“…Pero lo único que sabía seguro es que su incertidumbre era cierta. Había depositado una absoluta confianza en un hombre y se había roto. Por alguna razón, ese hombre había escogido andar solo, ignorando que ella estaba a su lado. Solo. Y era imposible hablar a una persona que estaba sola, era imposible alcanzarla, era imposible tocarla. Él no podía abrazarte y confortarte, no podía decirte lo que tu ansiabas oír: “De acuerdo, Estoy aquí contigo. Siempre estaré contigo.” Sin conocer su rostro, ni su alma ni su voz, el hombre que se sentaba a su lado era para ella un desconocido.
Al pensarlo, su propia soledad le resultó abrumadora. En un instante el mundo le pareció un gigantesco, extraño y solitario lugar por el que ella vagaba aislada. El peligro se ocultaba detrás de cada roca, de cada árbol. Sus ojos vigilaban aterrados las continuas acechanzas. Y en todo aquel solitario y salvaje lugar, nadie se volvía a protegerla, ni una sola mano, ni un gesto. Y siempre ese bosque de árboles apretados y de desgarradoras zarzas…”

***


“ - ¿Y si no vuelvo?
- Volverás.
- Estás muy seguro, ¿verdad? – dijo ella, y hubo tanta vehemencia en su voz que él abrió mucho los ojos y estuvo mirándola un largo rato antes de hablar de nuevo.
- Si, estoy seguro.
- ¡No cuentes con ello¡ - estalló ella.
- Margaret, ¿Qué…?
- ¡ No me consideres tan segura¡ ¡Soy una mujer¡ ¡ Y cualquier día me iré de aquí y no volveré jamás!
Don suavemente, dijo:
- Vamos, vamos Margaret, eso no es cierto. Tú sabes que siempre volverás a mí.
Ella le dio la espalda, y , furiosamente, temblándole los dedos, cogió el lápiz de labios. En el espejo vio sus ojos lanzando destellos de rabia. “Maldito estúpido – pensó- Siempre volveré e él. ¡Presumido¡ ¡Tonto satisfecho! ¡Idiota!
“Pero tiene razón. Siempre volverás a él. ¿Es que no lo sabías? ¿No sabías que no lo dejarás nunca? ¡Oh Margaret, no te engañes! Por favor. Afronta la verdad. Podrás poseer a Larry, a cien hombres más después de él si se te antoja, pero siempre volverás a Don. ¿No sabes por qué, Margaret? Porque estáis hechos el uno para el otro…”
Evan Hunter

Saturday, August 01, 2009

Mujeres de ojos negros...


En el Centro se respiraba cierto aire vacacional. El calor y el olor a hierros, se hacía más soportable con la previsión de desaparecer durante unos días, a países tercermundistas, convertidos, parcialmente, en lugares paradisíacos, repletos de gordos dotados de una pulsera mágica, que atenta a todo capricho, todo lo conceda con un simple chasquido de dedos.
El planning general, tras divagar hondamente sobre los riesgos evidentes de contraer la gripe A, era perderse en un paisaje de juguete, con césped artificial, agua clorada y estanca, tumbonas multicolor y barras de bar repletas de comida y bebidas, servidas por camareras semidesnudas, siempre complacientes, olvidando el cómo y el por qué, y centrándose en convencerse del merecimiento personal de aquellos ansiados días a tutiplén.

Ella observaba a los contertulios, con la misma fascinación, con la que miraba a los monos del zoo. Seres despiojándose los unos a los otros, encerraditos en sus pequeños mundos-jaula, tan monotemáticos, tan poco especiales…
Una llamada interrumpió su participación pasiva en la reunión funcionarial. El policía que estaba al otro lado del teléfono, se dirigió a ella con implacable desdén, y con la jerga más culta que puede tener un becario, le intentó hacer entender en qué consistían esos tipos de contrato. “Las mujeres extranjeras vienen aquí, no tienen dinero ni papeles, encima se traen a algún hijo que otro… y claro, los pobres hombres que están solos, por ignorancia, las acogen de buena fe en sus casas, y luego ellas, les pegan el palo… y es que…es que esto ya se nos está yendo de las manos…” Ella acostumbrada a lidiar con machos uniformados, le inquirió tranquilamente, que esas “negociaciones” de las que estaba hablando felizmente, no incluían abusar sexualmente de la hija de 12 años, ni golpearlas a ambas cuando ese pequeño detalle sexual, se interponía en la felicidad cotidiana del hogar ficticio; pero él no pareció oírla. Finalizó su conversación diciendo que hasta el lunes no sería el juicio, y que las lesiones bien podrían habérselas causado ellas mismas, que es bien sabido entre la gente con experiencia (como él), que esos casos se dan, y que siempre suelen pagar justos por pecadores. Así que, había mandado a madre e hija de vuelta al único lugar donde podían habitar; al dulce hogar.

Al colgar sintió esa rabia que le resultaba ya tan familiar, pero centró sus pensamientos en alternativas para esas dos mujeres que no conocían a nadie en ese barrio miserable, más que al encantador hombre que pretendía compartir cama con la niña, mientras la madre le hacía la cena y le lavaba los calzoncillos.

Miró la hora, y eran las dos menos cuarto, viernes, y previos de agosto; encontrar una cama para ellas en ese momento, era su principal prioridad. Contactó con recursos específicos, con centros de otras índoles, con compañeros, e incluso parroquias. Nadie podía hacer nada. En los centros necesitaban orden de alejamiento, en el juzgado que se demostrase que era su pareja real, en la parroquia, el cura estaba consolando al amigo, que hoy, sin su dosis de sexo juvenil gratuito, se sentía solo…

Pobre hombre”, me decía, “con casi 65 años a sus espaldas, y es la quinta mujer que lo abandona. Siempre intentan abusar de él; él cumple su parte del pacto, y ellas en cambio, se cansan y empiezan a exigir…”. Otro hombre uniformado, y éste además con la libido disparada bajo la sucia sotana… pensó ella.

Los compañeros, la alentaban, para que “desconectara”. Desconexión, debe ser el término más usado en el trimestre veraniego, para cierto sector social no desempleado, que al parecer, cree estar “muy conectado”, durante el resto del año.

Lo que iba a ser una despedida breve para ella, se convirtió de repente en un laberinto que no llevaba a ninguna parte… Miró a su alrededor y sintió pena…

Cogió sus cosas, miró las caras de sus compañeros, que ajenos a su punto de vista, carcajeaban, y pensó en lo injusto del sistema y lo aleatorio de la vida. Salió sin despedirse, y al dirigirse a su coche, vio a lo lejos a dos mujeres cargadas con mil bártulos, acercarse jadeando, y haciendo señales con sus brazos… Eran Luz y su hija; volvían de la comisaría desalentadas, y en sus caras se podía leer la desesperanza… Ella, por unos instantes, quiso abandonarlo todo allí mismo, arrancar el coche, y obviar sus presencias, y se avergonzó por ello, a medida que se iban acercando y lograba ver sus ojos con mayor nitidez… Luz, colombiana; 50 años, madre de dos hijas: Linda, de 12 años, y fiel viajera acompañante de odiseas maternas; y Claudia, mayor que Linda, pero con parálisis corporal y retraso mental, que esperaba un regreso improbable de su sangre, desde su país de origen.
De sus cuatro ojos negros, empezaron a brotar lágrimas también negras. Los de Luz, intentaban explicarle lo ocurrido; los de Linda, lloraban en silencio, consciente, a pesar de su edad, de que tampoco ella, sería el salvavidas que les diera la esperanza. Intentó animarlas, y cuando empezó a verse actuar como el resto del mundo, “dando ánimos” sin ningún alcance, se despidió, y sin más, se fue.

Mientras ella se alejaba, Luz cayó súbitamente de rodillas en el suelo; Linda, se dejó caer sobre los paquetes de ropa, más lentamente… Ella, grabó esa imagen de retrovisor en sus pupilas occidentales, mientras las dejaba atrás. Solas. Sin lugar a donde ir. Se sintió como una rata más, de su mundo de ratas. Ratas de vacaciones.