
A los 11 años, en conjunción con mi primera menstruación, me casé con el diablo. Él lo hizo por amor, pero yo, que ya era la más ramera por aquel entonces, lo hice por interés. Me atrajo por su fuerza, por su sensualidad, por su enorme rabo, y por ese traje rojo atípico que llevaba siempre y que tan bien le sentaba; pero mis prioridades eran otras. Quise tener el control de absolutamente todo lo que tocara, y se me concedió, quise que todos mis deseos se cumplieran, y así se hizo, quise que todos los hombres enloquecieran tras mi presencia, y lo logré. Todo lo que pudiese desear, era alcanzable para mí. Yo que era una mortal normal, osé tentar al mismo diablo cual virgen en ofrenda, y conquisté el infierno. Maravillada por las llamas, el sexo, la lujuria y esos tonos rojos de antro de suburbio, me instalé en la suite presidencial, para jugármela a la carta ganadora…
Pronto me hice mi sitio allí, era como un alma errante que vagaba disfrutando de cada placer. Me bebí de un solo trago la ira del más malvado, dejándolo en evidencia. Pequé con esmero superando en arte y ganas a la más golfa, fui infiel a mi marido desde el momento de la unión sagrada e incluso desde mucho antes; Y todos me adoraban… Eran mis fieles seguidores y a mi marido le encantaba que fuese yo, su elegida, la que controlaba su templo ahora compartido.
Una mañana desperté resacosa, con manchas de alcohol y semen por todo mi cuerpo, despeinada, con la pintura de los ojos corrida y la boca seca, y un espejo se cruzó en mi camino para hacerme ver en lo que me había convertido. Por más que me miraba, no lograba reconocerme, mis ojos eran ya sólo lujuria y deseo, pero la niña que se desposó, la que sonreía y lloraba, a la que se le ponían los pelos de punta con cierta música, ya no estaba. Ni siquiera quedaba una sombra de ella en ese reflejo extraño de espejo infernal rojizo…
En ese instante, recordé que mi planteamiento inicial era únicamente obtener los beneficios de ser la “Señora del diablo”, pero como todo en mi vida de abusos, mi pretensión era temporal, y tuve la sensación de haber permanecido allí demasiado tiempo, mucho más de lo previsto. Era feliz, pero no tenía más horizontes que conquistar en esa hermosa cueva opaca… Así que, decidí abandonar a mi fiel y leal esposo, y lo hice, sin mediar palabra. Le escribí en un post-it que estaba harta de tanto calor fácil, y me embarque alegremente, aunque algo preocupada, en el ascensor hacia la tierra de donde provenía.
Tardé 7 días y 6 noches en alcanzar la luz, y durante el trayecto, empezé a sentirme más y más débil. Mi piel se emblanqueció como antes de bajar, y unos rayos llenos de estrellas me golpearon los ojos hasta hacerlos sangrar de lágrimas… Volvía a recuperar la condición humana… me empezaba a arrepentir de aquel ascenso, pero ya era imparable. Tomé la decisión y debía llevarla a cabo. El pobre diablo, SuperSatán, como me gustaba llamarle en los más acalorados momentos de pulsión sexual, me llamó 50 veces para hacerme cambiar de idea; estaba triste por mi huída repentina, pero el pobre, tan comprensivo, entendía mi debilidad humana hacia el autodescubrimiento. Dejó las puertas de su paraíso rojo, abiertas para mi regreso, y me prometió sinceramente, lealtad absoluta. Yo era su hembra humana, él lo sabía, y el diablo, como todos saben, jamás se equivoca.
Finalmente, las puertas del ascensor se abrieron y dejaron pasar toda la luz de un día precioso. El color amarillo del sol de mediodía entró con fuerza por mis pupilas y acabó con la poca energía de la que disponía. Me costó salir, pero arrastrándome, llegué hasta un parque situado en medio de la cuidad. Miré mi cuerpo, y vi con sorpresa, que sobre mis brazos y piernas, se abrían yagas con textos escritos, el dolor era como grabado a fuego lento.
En ellas pude leer: “ tu primer beso en la mejilla”, “tu primera caricia”, “ tu primera mirada estrellada”, “tu primer amor”, “el primer choque de manos amigas”, “ese abrazo que te cambió la vida”, “mostrar tus pechos de niña”, “tu primer orgasmo emocional” “tu primera mordaza”, “tu primer cielo estrellado”… Y así, poco a poco y con mucho dolor, mi cuerpo quedó absolutamente cubierto de marcas inamovibles, de mis recuerdos, de mi esencia, de mi verdadera naturaleza de humana con sentimientos…Sonreí. Reí. Allí estaba, desnuda ante mi nuevo renacer, desamparada ante mí misma y mi nueva condición humana, disfrutando de ser mujer en un mundo de vivos…
Presa de la emoción, le escribí unas letras a mi exmarido.
“Soy inmune a ti. Lo soy porque desde muy pequeña se me otorgó un poder: la libertad; y hago mal uso de ella desde entonces. Me encanta hacerlo… Jamás permitiré que nadie sea bromuro para mi corazón…”
El me respondió: “Te conozco. Volverás a mi… Eres mi niña mala. Te esperaré siempre; tengo tiempo.”
Reconozco el impacto de sus palabras sobre mí, ahora ya mucho más influenciable como mujer humana, pero lo cierto es que sigo viviendo cada segundo, alimentándome de las pequeñas cosas que te da la vida, y de las que el resto de humanos, que nunca han vivido entre tinieblas, jamás podrán deleitarse…
Llevo 24 horas ya en el ala Norte de la Tierra. Sigo queriendo más.
Pronto me hice mi sitio allí, era como un alma errante que vagaba disfrutando de cada placer. Me bebí de un solo trago la ira del más malvado, dejándolo en evidencia. Pequé con esmero superando en arte y ganas a la más golfa, fui infiel a mi marido desde el momento de la unión sagrada e incluso desde mucho antes; Y todos me adoraban… Eran mis fieles seguidores y a mi marido le encantaba que fuese yo, su elegida, la que controlaba su templo ahora compartido.
Una mañana desperté resacosa, con manchas de alcohol y semen por todo mi cuerpo, despeinada, con la pintura de los ojos corrida y la boca seca, y un espejo se cruzó en mi camino para hacerme ver en lo que me había convertido. Por más que me miraba, no lograba reconocerme, mis ojos eran ya sólo lujuria y deseo, pero la niña que se desposó, la que sonreía y lloraba, a la que se le ponían los pelos de punta con cierta música, ya no estaba. Ni siquiera quedaba una sombra de ella en ese reflejo extraño de espejo infernal rojizo…
En ese instante, recordé que mi planteamiento inicial era únicamente obtener los beneficios de ser la “Señora del diablo”, pero como todo en mi vida de abusos, mi pretensión era temporal, y tuve la sensación de haber permanecido allí demasiado tiempo, mucho más de lo previsto. Era feliz, pero no tenía más horizontes que conquistar en esa hermosa cueva opaca… Así que, decidí abandonar a mi fiel y leal esposo, y lo hice, sin mediar palabra. Le escribí en un post-it que estaba harta de tanto calor fácil, y me embarque alegremente, aunque algo preocupada, en el ascensor hacia la tierra de donde provenía.
Tardé 7 días y 6 noches en alcanzar la luz, y durante el trayecto, empezé a sentirme más y más débil. Mi piel se emblanqueció como antes de bajar, y unos rayos llenos de estrellas me golpearon los ojos hasta hacerlos sangrar de lágrimas… Volvía a recuperar la condición humana… me empezaba a arrepentir de aquel ascenso, pero ya era imparable. Tomé la decisión y debía llevarla a cabo. El pobre diablo, SuperSatán, como me gustaba llamarle en los más acalorados momentos de pulsión sexual, me llamó 50 veces para hacerme cambiar de idea; estaba triste por mi huída repentina, pero el pobre, tan comprensivo, entendía mi debilidad humana hacia el autodescubrimiento. Dejó las puertas de su paraíso rojo, abiertas para mi regreso, y me prometió sinceramente, lealtad absoluta. Yo era su hembra humana, él lo sabía, y el diablo, como todos saben, jamás se equivoca.
Finalmente, las puertas del ascensor se abrieron y dejaron pasar toda la luz de un día precioso. El color amarillo del sol de mediodía entró con fuerza por mis pupilas y acabó con la poca energía de la que disponía. Me costó salir, pero arrastrándome, llegué hasta un parque situado en medio de la cuidad. Miré mi cuerpo, y vi con sorpresa, que sobre mis brazos y piernas, se abrían yagas con textos escritos, el dolor era como grabado a fuego lento.
En ellas pude leer: “ tu primer beso en la mejilla”, “tu primera caricia”, “ tu primera mirada estrellada”, “tu primer amor”, “el primer choque de manos amigas”, “ese abrazo que te cambió la vida”, “mostrar tus pechos de niña”, “tu primer orgasmo emocional” “tu primera mordaza”, “tu primer cielo estrellado”… Y así, poco a poco y con mucho dolor, mi cuerpo quedó absolutamente cubierto de marcas inamovibles, de mis recuerdos, de mi esencia, de mi verdadera naturaleza de humana con sentimientos…Sonreí. Reí. Allí estaba, desnuda ante mi nuevo renacer, desamparada ante mí misma y mi nueva condición humana, disfrutando de ser mujer en un mundo de vivos…
Presa de la emoción, le escribí unas letras a mi exmarido.
“Soy inmune a ti. Lo soy porque desde muy pequeña se me otorgó un poder: la libertad; y hago mal uso de ella desde entonces. Me encanta hacerlo… Jamás permitiré que nadie sea bromuro para mi corazón…”
El me respondió: “Te conozco. Volverás a mi… Eres mi niña mala. Te esperaré siempre; tengo tiempo.”
Reconozco el impacto de sus palabras sobre mí, ahora ya mucho más influenciable como mujer humana, pero lo cierto es que sigo viviendo cada segundo, alimentándome de las pequeñas cosas que te da la vida, y de las que el resto de humanos, que nunca han vivido entre tinieblas, jamás podrán deleitarse…
Llevo 24 horas ya en el ala Norte de la Tierra. Sigo queriendo más.

