Olor a flores...

Estaba oscureciendo. No era tarde, pero las nubes cubrían el cielo y un tono gris envolvía su mundo. Parada en un atasco, ensimismada, dentro de su burbuja calor, música suave y cuentos de princesas, se preguntaba si algo de todo aquello en lo que había convertido su vida tenía algún sentido.
Cerró lo ojos unos segundos y respiró hondo, como si de ese modo pudiera esclarecer esos dilemas que le generaban tanta oscuridad aquella tarde de inicios de noviembre. De pronto, una mujer mayor, enlutada de pies a cejas, le pidió ayuda desde el arcén. Llevaba un pequeño ramo de rosas azules, y aunque su gesto era alegre, sus ojos desprendían una de esas tristezas profundas y arraigadas, que se han cultivado durante años. Estaba muy cansada, le contó que había andado 4 kilómetros a pesar de sus 88 años, para poder llegar al cementerio donde estaba enterrado su marido, que falleció cuando ella tan solo tenía 23, y le rogó que la acercase hasta allí, si no, cerrarían, y no lograría llegar a tiempo. La joven, en un arranque de insensatez fruto de la sorpresa y de lo peculiar de la situación, abrió la puerta de su burbuja, e invitó a subir a la anciana.
Durante el trayecto, la mujer agradecida, le comentaba lo mucho que lamentaba que su cuerpo ya no respondiese a sus sentimientos, y que éste era el primer año que temía no poder llevarle las rosas azules a su marido, del que hablaba como si el tiempo no hubiera pasado, contando mil anécdotas que hacían que sus ojos brillaran como los de una niña. La muchacha, la miraba con gesto compasivo, mientras la eterna enamorada de la muerte, le confesaba con ternura de otra época, que se conocieron a los 12 años, cómo hicieron el amor por primera vez, como confiaban el uno en el otro, como nadie más había podido entrar en su corazón, y como todos los años por su aniversario, él le recogía un ramo de rosas azules que él mismo cultivaba sólo para ella…
Llegaron al cementerio abarrotado como un centro comercial en Navidad, y la imagen de la masa confusa entre vivos y muertos, hizo despertar a la joven de aquel sueño de amor; la mujer de riguroso negro, besó en la frente a la chica, cerró la puerta del coche y se apresuró a hacer la entrega a su aún enamorado, que la esperaba puntual bajo la tierra húmeda, desapareciendo entre la multitud.
La joven siguió conduciendo, no podía pensar en nada, llegó al destino de aquella tarde, y al salir del coche, sintió como un eterno remolino de flores de colores la seguía, acompañándola suavemente…
Ese uno de noviembre, no solo olía a muertos; también olía a flores frescas de amor imposible, recién cortadas…
Cerró lo ojos unos segundos y respiró hondo, como si de ese modo pudiera esclarecer esos dilemas que le generaban tanta oscuridad aquella tarde de inicios de noviembre. De pronto, una mujer mayor, enlutada de pies a cejas, le pidió ayuda desde el arcén. Llevaba un pequeño ramo de rosas azules, y aunque su gesto era alegre, sus ojos desprendían una de esas tristezas profundas y arraigadas, que se han cultivado durante años. Estaba muy cansada, le contó que había andado 4 kilómetros a pesar de sus 88 años, para poder llegar al cementerio donde estaba enterrado su marido, que falleció cuando ella tan solo tenía 23, y le rogó que la acercase hasta allí, si no, cerrarían, y no lograría llegar a tiempo. La joven, en un arranque de insensatez fruto de la sorpresa y de lo peculiar de la situación, abrió la puerta de su burbuja, e invitó a subir a la anciana.
Durante el trayecto, la mujer agradecida, le comentaba lo mucho que lamentaba que su cuerpo ya no respondiese a sus sentimientos, y que éste era el primer año que temía no poder llevarle las rosas azules a su marido, del que hablaba como si el tiempo no hubiera pasado, contando mil anécdotas que hacían que sus ojos brillaran como los de una niña. La muchacha, la miraba con gesto compasivo, mientras la eterna enamorada de la muerte, le confesaba con ternura de otra época, que se conocieron a los 12 años, cómo hicieron el amor por primera vez, como confiaban el uno en el otro, como nadie más había podido entrar en su corazón, y como todos los años por su aniversario, él le recogía un ramo de rosas azules que él mismo cultivaba sólo para ella…
Llegaron al cementerio abarrotado como un centro comercial en Navidad, y la imagen de la masa confusa entre vivos y muertos, hizo despertar a la joven de aquel sueño de amor; la mujer de riguroso negro, besó en la frente a la chica, cerró la puerta del coche y se apresuró a hacer la entrega a su aún enamorado, que la esperaba puntual bajo la tierra húmeda, desapareciendo entre la multitud.
La joven siguió conduciendo, no podía pensar en nada, llegó al destino de aquella tarde, y al salir del coche, sintió como un eterno remolino de flores de colores la seguía, acompañándola suavemente…
Ese uno de noviembre, no solo olía a muertos; también olía a flores frescas de amor imposible, recién cortadas…



