
Nada ha cambiado, pero sólo aparentemente. El sol sale cada amanecer y los mismos gatos maúllan bajo mi ventana al caer la noche. El mismo tráfico, la misma gente y los mismos chistes estúpidos que aplaudo agotada con mi falsa sonrisa.
Todo es igual. Pero sólo en apariencia, porqué dentro de mí siento ese vació del que ya lo ha dado todo y sólo espera; del animal consciente de que va a ser devorado; siento el peso del dolor ajeno, que se multiplica en mis espaldas, y el daño de que algo importante me ha sido arrancado de las entrañas sin anestesia.
Siento ese dolor que se convierte en frío. Ése que te distancia del mundo y te hace ver la vida desde un ángulo muerto. El que hace que tú cinismo se vuelva contra ti; y vuelvo cada día a mi palacio de hielo a seguir congelándome, y contagio con mi aliento frío todo lo que me rodea.
Ya no odio. Tampoco deseo. Estoy inmersa en un profundo coma, y siento mi corazón bombear sin apenas fuerzas, despacio, cansado de seguir, mientras soy arrastrada por la inercia y el viento sin darme cuenta.
No me queda rabia, ni tampoco lágrimas. Dejé de morder y de llorar el día en que el peso del hielo me rompió las alas, y sólo un inmenso frío, un frío casi absoluto, me empuja a un abismo sin retorno.
Ni siquiera siento tristeza, aunque sepa que este cielo azul, aparentemente el mismo de ayer, se esfuerza cada mañana por no cubrirse de nubes y castigarnos con tormentas y muerte.
Hasta las estrellas con su luz, aparentemente perfectas, y que antes podía tocar con mis dedos, se han alejado convirtiéndose en mis enemigas impidiéndome saltar de una vez…
