DESENCANTÓMETRO
Normalmente me resulta fácil. Es extremadamente sencillo
romper. Apartar a seres que aparentemente han sido importantes en mi vida.
Un solo detalle, en un momento determinado, fugaz, simple,
casi inocuo, puede ser el detonante del adiós más rotundo. Y, obviamente, no
hay vuelta atrás.
En este caso, como en pocos casos antes, se me ha activado
de forma automática, antropológica, casi como mecanismo natural de
supervivencia, el “desencantómetro”; una especie de probeta que se llena
lentamente de agónicos desencantos, y que quiebra con cincel la burbuja de la
magia que un día se creó delicadamente.
Sucede poco a poco, no es un tirón que escuece, ni te
arranca de cuajo la ilusión, es más bien una angustia, que te entra por las
extremidades, se va haciendo más profunda con cada gesto, y se va enredando con
tus órganos más vitales, hasta un día, dejarte absolutamente fría.


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