ser mujer

Monday, April 21, 2008

Mis amantes y tú...



No odies a mis pobres amantes, siempre fieles y serviciales a pesar de todo; no los odies porque ellos te admiran y te envidian, y a ti en el fondo, te hacen un gran favor. Cubren esa parte de nuestra vida de la que tú no soportas ocuparte; me dan la magia bajo las estrellas, el sexo con amor, y la complacencia constante. Tu rol es mucho mejor. Tú me tienes, y sólo a cambio de “estar ahí”. Tú puedes cumplir con tu agenda sin desajuste, y hacerme un anal sin precalentar de vez en cuando y ya está; ya está, si no te molesto más, porque si oso molestare fuera de horario, tu vena de géminis bipolar reluce para recordarme que mi vida contigo ha de ser así, siendo sólo tu seguidora, sin planes emocionalmente compartidos, sin un mismo horizonte mágico, sin mitades de mentira.

"POLLAPERRO"


Fálica sólo de casualidad, pequeña, envuelta e imposible de desenfundar. Salía de una montaña de grasa enorme sobre la que, con dificultades se mantenía erguida, como si estuviera sobre un flan de pelos rizados negros que trepaban hasta la base de esa asquerosa pollaperro que se corría por fascículos y sin aviso… que asco joder!

Se corrió en dos segundos, pero me enterneció tanto, que en lugar de estar deseando contárselo a mis amigas entre risas, lo abracé muy muy fuerte como un enorme osito de peluche que era, y lo premié a mi manera, por ser el único en mucho tiempo, que logró hacerme sentir esa ternura vinculada al sexo que hacia mil años que no sentía. Nunca más lo llamé, pero estoy segura de que lo recordaré toda mi vida…

Cuestión de sensibilidad



Hoy, como cada mañana, fui a su casa para asegurarme de que tomaba su medicación psiquiátrica correctamente. Llamé al timbre, pero nadie me abrió. Desde la ventana de su habitación que da a la calle, sólo lograba ver oscuridad. Pensé que dormiría, e insistí un rato más. Luego supuse que esa noche, Emilio y su bebé, habrían dormido en casa de su madre, así que a pesar de ser temprano, la telefoneé. Su madre, de 77 años, vive dos calles más abajo, y a pesar de la orden de alejamiento que tienen ambos, tras el intento de parricidio del pasado mes, María, que así se llama la mujer, atiende a su hijo y a su nieto de 9 meses, esquivando la legalidad que poco entiende de sentimientos maternofiliales. Alarmé a la mujer, que me confirmó que no habían pasado la noche con ella, y acrecentando el volumen de su voz y el sofoco, me dijo que había que abrir esa puerta como fuese, que algo malo había pasado, y que ella lo sospechaba desde anoche, que vio a su hijo demasiado amable y con una mirada más extraña de lo habitual. Ya algo preocupada, metí mis dedos por las rejas del ventanal, corrí la cortina y entre penumbras vi la cama vacía y en la cuna no lograba ver si estaba el pequeño. Afortunadamente, con la entrada de luz de la calle, el niño despertó, y empezó a llorar cada vez más desesperado. En un alarde de optimismo, imaginé que Emilio podía estar en el baño, o quizás en la cocina, preparando el biberón de la mañana, pero cual fue mi asombro cuando fijándome, ya con los ojos habituados a un entorno más oscuro, vi la mano del padre agarrada a un barrote de la cuna del niño. Aunque desde esa altura, no podía verlo, Emilio estaba en el suelo, junto a la cuna del jovencísimo Guillermo que no cesaba de llorar ante su inmovilidad. La rocambolesca imagen me motivó, y aproveché que la anciana vecindad ya estaba movilizada con sus batines rosados, en plena calle, para pedirles, tras llamar a la policía y a una ambulancia, que me prestasen un martillo para romper la puerta, ya que sólo con mi fuerza, no podía logrado. Finalmente, con una escalera que me prestó un joven ocioso, subí a la terraza y, metiéndome por la ventana del piso de arriba de la vivienda, logré entrar en la casa y pasar a la habitación de Emilio. Encendí la luz un poco asustada, comprobé que Guillermo estaba bien y lo saqué de allí aprovechando la llegada tardía de la policía y de la abuela María, presos ,unos más que otros, del histerismo. Mojé unas toallas con amoníaco, y le restregué la nariz y la nuca con ellas, pero seguía inmóvil, agarrado con rotundidad a la cuna. Le tomé el pulso, y aunque muy débil logré notarlo entre los gritos de su madre, los llantos del niño y las absurdas preguntas burocráticas de la policía.
Le hablaba, le preguntaba, lo empapaba, pero Emilio no era capaz de despertar. Miré alrededor y vi tres cajas de Seroquel (ansiolítico que tenía pautado entre otros muchos), vacías las tres, junto a dos ceniceros llenos de colillas, quemaduras importantes en el edredón, y una botella de JB medio vacía sobre la mesilla.
La ambulancia tardó 32 minutos en llegar. Fue demasiado tarde. Emilio era un hombre con un diagnóstico de trastorno bipolar, y la luna llena, el fuerte viento de este fin de semana, y la falta de atención médica a tiempo, jugaron en su contra. Me pregunto como un ser moribundo tiene la fuerza suficiente para mantener su mano agarrada a un barrote hasta el momento final.

Los médicos se llevaron a la anciana madre en estado de shock y el cadáver de Emilio, y a Guillermo, ya más tranquilo, se lo llevó la vecina de al lado entre lamentos.
Me quedé con la policía para buscar toda la medicación de Emilio, y recuerdo que pensé que mi sensibilidad estaba muy menguada, porque incluso los jóvenes policías estaban temblando mientras mi temple asustaba de lejos. Abrí la nevera, para buscar medicinas y leche para el niño, y mi sangre dejó de circular cuando vi un gato pardo con gesto esperpéntico, ojos y boca abiertos, en el verdulero de plástico transparente de la nevera, muerto, frío, trasmitiendo sufrimiento, dolor… Una pequeña lágrima cayó de mi ojo derecho. Era una de esas lágrimas que viajan solas, de esas que escuecen como si lloraras sangre. Estoy viendo a ese gato en mi mente desde entonces.

Lo que nos mueve las entrañas es muy diferente en función de cada uno; a los seres extraños como yo, sólo les conmueven las salvajadas...