ser mujer

Wednesday, June 10, 2015

PALOMA


V 30, camino de mi sórdido trabajo envuelto de metal, una paloma despeinada, se cruza en mi camino, me mira aturdida sin saber cómo ha llegado hasta allí, y, tambaleándose, se arrastra hacia el medio de una autopista despiadada que a pesar de su último intento de supervivencia, la va a llevar a la muerte segura. Yo lo sé. Por su mirada creo que ella también. A través de esos pequeños ojos opacos, me pide auxilio y me suplica una explicación mientras lucha con las pocas fuerzas que le quedan, tras haber recibido ya algún golpe de un conductor de coche de gama alta, papá de tres niños matriculados en un colegio bilingüe, que tiene prisa por llegar a casa y conectarse el porno de los martes antes de que su mujer llegue del club de lectura.

La miro, y no tengo una respuesta. Vas a morir, le susurro con suavidad, intentando serenarla y frenar lo que ambas sabemos que es una absurda lucha. Me quedaría siempre con ella, pero el tráfico es rápido, y la esquivo mientras sigue arrastrándose, ya hacia ninguna parte. Siento un enorme vacío y una tristeza inmensa. No puedo cuidarte, le susurro despidiéndome…
Desde mi retrovisor veo como el camión que me sigue apresurado, acaba con ella sin dudarlo; aplastándola de una forma tan directa, que más que ajeno a los hechos, parece entusiasta por el acierto.


Ya no sufres, ya no existes. Yo te amo, incremento mi misantropía, y desaparezco contigo.

Despertar



Ella siempre se sintió segura de sí misma, pisaba con fuerza el camino, y se creía enormemente fuerte, pero una noche, volviendo a casa, en un callejón ya cerca de su destino, siete hombres cuyos rostros le resultaban familiares, la atacaron. No pretendían robarle nada material, no les importaba su dinero, y no buscaban sus joyas. Buscaban algo difícil de robar.  Esos siete hombres no tan desconocidos, querían su esencia.

Primero la apalearon de dos en dos, luego la desnudaron rompiendo su falda y su blusa, y le arrancaron las bragas, para uno por uno, entrar en ella con dureza, contra su voluntad, mientras el resto jaleaban al son de las embestidas.

De los tres primeros, sintió su brusquedad, y un dolor inmenso al ser penetrada, del resto, sólo sus respiraciones en la nuca, y el frío del suelo húmedo en contacto con sus muslos y sus pechos. También las risas... Esas risas horribles que ningún ser con algo de humanidad podría jamás entender...


Fueron siete, pero podrían haber sido diez, o veinte, o todos los hombres del universo; unos segundos, minutos, horas; un brazo roto, una herida, un corazón marchitado, ya no importaba...

Ella, mientras tanto, pensaba en un armarito rosa de madera que tenía de pequeña, en el que guardaba sus piedrecitas de río de colores, y sus cartas de primer amor... ellos, se corrían sobre ella increpando frases sucias a las que ella era ajena... y más risas...
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Después de un largo periodo de hibernación, un día nublado, se levantó de su cama, se calzó sus tacones rojos, pintó sus labios excesivamente, se miró fijamente a los ojos frente al espejo, se envolvió cuidadosamente de explosivos, y se inmoló.