ORGASMOS...


Tardó un par de horas en dejarme bajarle los pantalones. A pesar de mis esfuerzos por sentarlo en el sofá y follármelo sin piedad, no lograba ver en él muestras explicitas de excitación. Cada vez que me arrodillaba ante él con ojos de rimel corrido de viciosa, él me apartaba y me lanzaba besos castos, que provocaban en mí cierta excitación y enorme irritación. No lograba entender nada, jamás alguien había ido mas lentamente que yo; en general, los hombres se unían a mi ritmo trepidante y sonreían felices mientras fluían las felaciones y las penetraciones sin amor. Era uno de esos hombres que intuyes que te harán ser unos minutos antes y después, y durante el orgasmo, la mujer más feliz del universo, de los que supones te harán volar…
Al fin, y una hora y cuarenta minutos más tarde, ya rozando las limitaciones de mi paciencia sexual, tuvo que ceder a mi acoso irrebatible viéndose amenazado por que yo resolviera mi estado de ansiedad, por mi cuenta y sin su colaboración, allí mismo, frente a él.
Cuando miró hacia arriba, y decidió abandonarse a mis labios sobre su zona púbica, no pude fijarme en su rostro (ocupada arrancando os botones de su pantalón vaquero), que empezaba a asumir que descubriría su minúsculo miembro viril, que aunque erecto, no alcanzaba ni los dos centímetros.
Al darme cuenta de que con la punta de mi lengua, cubría aquello, dejé que algo de sangre subiese a mi cerebro, para empalizar con ese macho herido en su masculinidad, y fingiendo, por supuesto, empecé a jugar con el micropene, como si me fuese la vida en ello, por no dañar su autoestima. El chico era muy interesante intelectual y físicamente, y esa desafortunada sorpresa se debía compensar, y no sumarse a mi pérdida de tiempo en esa casa. Había ido a por un orgasmo, y no me iría sin él. Rápidamente comparé mentalmente el pene que yacía en mi boca, con otros enormes y torpes, o flácidos, o inútiles, o que simplemente eran partes brillantes de seres necios, y fui a por mi objetivo, más convencida.
Fue absolutamente genial. El tamaño de su pene era inversamente proporcional al de su cerebro, y eso logró que ese minúsculo músculo que tardó horas en mostrarme, víctima de un miedo masculino fundado, para mi sorpresa, fuese el protagonista de la noche de placer más intensa que pueda recordar…
Al fin, y una hora y cuarenta minutos más tarde, ya rozando las limitaciones de mi paciencia sexual, tuvo que ceder a mi acoso irrebatible viéndose amenazado por que yo resolviera mi estado de ansiedad, por mi cuenta y sin su colaboración, allí mismo, frente a él.
Cuando miró hacia arriba, y decidió abandonarse a mis labios sobre su zona púbica, no pude fijarme en su rostro (ocupada arrancando os botones de su pantalón vaquero), que empezaba a asumir que descubriría su minúsculo miembro viril, que aunque erecto, no alcanzaba ni los dos centímetros.
Al darme cuenta de que con la punta de mi lengua, cubría aquello, dejé que algo de sangre subiese a mi cerebro, para empalizar con ese macho herido en su masculinidad, y fingiendo, por supuesto, empecé a jugar con el micropene, como si me fuese la vida en ello, por no dañar su autoestima. El chico era muy interesante intelectual y físicamente, y esa desafortunada sorpresa se debía compensar, y no sumarse a mi pérdida de tiempo en esa casa. Había ido a por un orgasmo, y no me iría sin él. Rápidamente comparé mentalmente el pene que yacía en mi boca, con otros enormes y torpes, o flácidos, o inútiles, o que simplemente eran partes brillantes de seres necios, y fui a por mi objetivo, más convencida.
Fue absolutamente genial. El tamaño de su pene era inversamente proporcional al de su cerebro, y eso logró que ese minúsculo músculo que tardó horas en mostrarme, víctima de un miedo masculino fundado, para mi sorpresa, fuese el protagonista de la noche de placer más intensa que pueda recordar…
Yo iba a por un orgasmo, y me fui con miles...
