

Un puñado de acabadas de pelo grasiento, llenaron el local, más alentadas por el anunciado “refrigerio”, que por el contenido del coloquio que iban a presenciar. Feminismo en estado puro era la promesa: “Mujeres ilustres que han cambiado el mundo en el camino hacia la igualdad”. “Que bien suena”- me dije.
Los asistentes: 30 mujeres de edades dispares que sólo llegaron una hora tarde, argumentando escandalosamente, mientras buscaban asiento para sus enormes culos de maruja, que la tardanza se había debido a que debían dejar la cena preparada a sus mariditos, si no querían lío a su llegada; y un par de hombres, que asomaron sus vacías cabezas atraídos por tanta feromona, pero que reaccionaron a los dos minutos y se trasladaron al local de al lado. El bar; con sus irresistibles máquinas tragaperras y sus carajillos de soberano.
Y las ponentes: un par de jubiladas con muchas pretensiones, y pelos de colores, ancladas en el psicoanálisis más desfasado, que mientras narraban conductas reprochables de índole personal de las Mujeres Ilustres, repitieron alrededor de 23 ocasiones que su sueño hubiera sido ser Simón de Beauvoir o Madame Curie, respectivamente, en un tono lineal y desapasionado que dormía a la feminista más predispuesta.
Tras dos horas más de bostezos poco compasivos, las ancianas feministas, trataron de despertar a su público, pidiéndoles comentarios, y una de las pocas jóvenes asistentes, que había soportado la soporífera charla, exclamó: “ O sea, que las mujeres más listas de la historia, han tenido amantes ¿no? ¿Lo he entendido bien?" Y la tía se quedó más a gusto que un arbusto.
Yo: directamente a vomitar, por no hacer una matanza a media tarde, en plena Semana de la Mujer Trabajadora.