ser mujer

Tuesday, January 18, 2011

Cuentecito filosófico-freudiano



Érase una vez una putita llamada Heidi. No soportaba ni la leche de cabra ni los jerséis de lana, y odiaba a los hombres llamados Pedro; pero le ponían irremediablemente cachonda, los numeritos lésbicos con rubitas sumisas, y los tipos maduros, altos, y con barba blanca. Nunca supo por qué…

La caja de la invisibilidad


Ahora es una plaza moderna, sin casi rastro alguno del paraíso infantil que un día fue. De la gigantesca fachada clásica con ventanales de madera, a bancos puntiagudos inservibles iluminados con luz de tubo fluorescente. Casi no me he dado cuenta del cambio, ni de la progresiva pérdida de encanto de mi entorno. Tan sólo queda un enorme pino que me arrastra con su olor, a mi infancia más tierna…

Rondaba los cinco años. Recuerdo como cada vez que el timbre del recreo sonaba, corría lo más rápido que mis piernecitas alcanzaban, para refugiarme en los baños de niñas del que entonces me parecía mi enorme colegio de preescolar. Cuatro niños cuyos rostros no recuerdo, me perseguían con una ferocidad adulta, para meter sus sucias manitas bajo mis pequeñas braquitas de algodón. Yo, que por aquel entonces, todavía no era consciente de mi sexualidad, debía ya irradiar los ingredientes exactos de la excitación, y aquellos hombres escondidos dentro de cuerpecitos de niño, podían oler los bocetos de mis curvas sin que ni siquiera yo misma, fuera capaz de intuirlas.

Recuerdo una mezcla de miedo instintivo, que en mi caso, implicaba la más ardua lucha por la supervivencia, mientras ante mi más absoluta incomprensión, algunas compañeras se levantaban sus falditas de colegialas, sonrientes, para jugar a médicos en medio del patio de tierra y piedrecitas.

Condicionada por el horrible sonido del timbre, deseaba con todas mis fuerzas, tener en mi poder un mando que imaginaba cuadrado, negro y con un enorme botón rojo, que, al pulsarlo, crease a mi alrededor una banda magnética en forma de cubículo rojo, que no sólo me protegiera de esos pequeños salvajes, sino que me hiciera invisible a sus malignos ojitos y al resto del mundo.

Por las tardes, ya en casa, acurrucada tras la butaca de mi abuelo, cerraba los ojos apretándolos fuerte, para que mi deseo se hiciese realidad, y sentía como en mi cajita roja, absolutamente invisible para el mundo, me dejaba caer por la ventana abierta, y me deslizaba con el vaivén de una pluma hasta caer dulcemente a la calle sin ser vista ni deseada por nadie. Sola conmigo misma. Protegida. Segura…

Hoy de nuevo desearía tener ese mando en mis manos, y poder pulsar el mágico botón rojo, que me aislara de esta constante hostilidad encubierta de ser humano...