Strangers when we meet

“…Pero lo único que sabía seguro es que su incertidumbre era cierta. Había depositado una absoluta confianza en un hombre y se había roto. Por alguna razón, ese hombre había escogido andar solo, ignorando que ella estaba a su lado. Solo. Y era imposible hablar a una persona que estaba sola, era imposible alcanzarla, era imposible tocarla. Él no podía abrazarte y confortarte, no podía decirte lo que tu ansiabas oír: “De acuerdo, Estoy aquí contigo. Siempre estaré contigo.” Sin conocer su rostro, ni su alma ni su voz, el hombre que se sentaba a su lado era para ella un desconocido.
Al pensarlo, su propia soledad le resultó abrumadora. En un instante el mundo le pareció un gigantesco, extraño y solitario lugar por el que ella vagaba aislada. El peligro se ocultaba detrás de cada roca, de cada árbol. Sus ojos vigilaban aterrados las continuas acechanzas. Y en todo aquel solitario y salvaje lugar, nadie se volvía a protegerla, ni una sola mano, ni un gesto. Y siempre ese bosque de árboles apretados y de desgarradoras zarzas…”
***
“ - ¿Y si no vuelvo?
- Volverás.
- Estás muy seguro, ¿verdad? – dijo ella, y hubo tanta vehemencia en su voz que él abrió mucho los ojos y estuvo mirándola un largo rato antes de hablar de nuevo.
- Si, estoy seguro.
- ¡No cuentes con ello¡ - estalló ella.
- Margaret, ¿Qué…?
- ¡ No me consideres tan segura¡ ¡Soy una mujer¡ ¡ Y cualquier día me iré de aquí y no volveré jamás!
Don suavemente, dijo:
- Vamos, vamos Margaret, eso no es cierto. Tú sabes que siempre volverás a mí.
Ella le dio la espalda, y , furiosamente, temblándole los dedos, cogió el lápiz de labios. En el espejo vio sus ojos lanzando destellos de rabia. “Maldito estúpido – pensó- Siempre volveré e él. ¡Presumido¡ ¡Tonto satisfecho! ¡Idiota!
“Pero tiene razón. Siempre volverás a él. ¿Es que no lo sabías? ¿No sabías que no lo dejarás nunca? ¡Oh Margaret, no te engañes! Por favor. Afronta la verdad. Podrás poseer a Larry, a cien hombres más después de él si se te antoja, pero siempre volverás a Don. ¿No sabes por qué, Margaret? Porque estáis hechos el uno para el otro…”
Al pensarlo, su propia soledad le resultó abrumadora. En un instante el mundo le pareció un gigantesco, extraño y solitario lugar por el que ella vagaba aislada. El peligro se ocultaba detrás de cada roca, de cada árbol. Sus ojos vigilaban aterrados las continuas acechanzas. Y en todo aquel solitario y salvaje lugar, nadie se volvía a protegerla, ni una sola mano, ni un gesto. Y siempre ese bosque de árboles apretados y de desgarradoras zarzas…”
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“ - ¿Y si no vuelvo?
- Volverás.
- Estás muy seguro, ¿verdad? – dijo ella, y hubo tanta vehemencia en su voz que él abrió mucho los ojos y estuvo mirándola un largo rato antes de hablar de nuevo.
- Si, estoy seguro.
- ¡No cuentes con ello¡ - estalló ella.
- Margaret, ¿Qué…?
- ¡ No me consideres tan segura¡ ¡Soy una mujer¡ ¡ Y cualquier día me iré de aquí y no volveré jamás!
Don suavemente, dijo:
- Vamos, vamos Margaret, eso no es cierto. Tú sabes que siempre volverás a mí.
Ella le dio la espalda, y , furiosamente, temblándole los dedos, cogió el lápiz de labios. En el espejo vio sus ojos lanzando destellos de rabia. “Maldito estúpido – pensó- Siempre volveré e él. ¡Presumido¡ ¡Tonto satisfecho! ¡Idiota!
“Pero tiene razón. Siempre volverás a él. ¿Es que no lo sabías? ¿No sabías que no lo dejarás nunca? ¡Oh Margaret, no te engañes! Por favor. Afronta la verdad. Podrás poseer a Larry, a cien hombres más después de él si se te antoja, pero siempre volverás a Don. ¿No sabes por qué, Margaret? Porque estáis hechos el uno para el otro…”
Evan Hunter

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