Las siete de la tarde...

Esa mañana no fue al trabajo. Su vecina me comentó que la había visto mal, pero que prefería no meterse en asuntos que no le incumbían. Tampoco llevó a los niños al colegio, ni apareció por la reunión de la tarde.
A la mañana siguiente, me la encontré casualmente tras unas enormes gafas de sol. Llevaba la cara destrozada y a pesar de esconder sus brazos tras mangas largas, se le veían moratones y heridas que legaban hasta sus manos. Se disculpó diciéndome que sentía no haber acudido a la cita, pero que el estado en qué había quedado su cara, le hacía sentir tanta vergüenza, que prefirió quedarse en casa hasta que bajara el hinchazón. Me dijo también, que no habría salido hasta más tarde, pero la hemorragia de su ojo izquierdo no dejaba de sangrar, y al no ver nada, se asustó, y acudió a su médico.
Sin apenas preguntarle, me confesó en voz muy baja, que esta vez la culpa había sido suya. Que llegó a las siete y cuarto, aún sabiendo que él vuelve a las siete, y que además, no tenía excusa, porque simplemente se entretuvo charlando con la madre de un compañero de su hijo, en la puerta del colegio.
Supuso, por lo que me dijo, que cuando él llegó a las siete en punto, al ver la casa vacía, empezó a pensar mal, y se alteró tanto, que a pesar de intentar darle una explicación de la tardanza, cogió a su hijo Raúl, de tres años, y empezó a zarandearlo. Ella, por que no le hiciese daño al pequeño, y para evitar que el mayor de 10 años se enfrentara al padre, y tuviese que ir a clase magullado de nuevo, se puso en medio para parar su ira traducida en golpes. Lo que no pudo planificar, es que él, al ver que no estaba su mujer en casa a las siete en punto, había preparado los puños americanos cuidadosamente, y le destrozó la cara, los pechos, y el alma…
Lucía, tiene mi edad, y no sólo ha quedado ciega de un ojo, sino que apostó por una carta equivocada que le hizo perder su juventud, a su familia, y toda su vida… Mañana habrá muerto. Iré a su casa, y lo encontraré a él con las manos manchadas de sangre, llorándola. Avisaré a la policía, retiraré a los niños, e intentaré, una semana después, ofrecerle tratamiento al alcohólico sin control de impulsos, para que pueda rehacer su vida. Lo veré semanalmente y tendrá mi apoyo incondicional, sin ser juzgado.
Cuando llegue a casa, le lloraré a mi almohada…
A la mañana siguiente, me la encontré casualmente tras unas enormes gafas de sol. Llevaba la cara destrozada y a pesar de esconder sus brazos tras mangas largas, se le veían moratones y heridas que legaban hasta sus manos. Se disculpó diciéndome que sentía no haber acudido a la cita, pero que el estado en qué había quedado su cara, le hacía sentir tanta vergüenza, que prefirió quedarse en casa hasta que bajara el hinchazón. Me dijo también, que no habría salido hasta más tarde, pero la hemorragia de su ojo izquierdo no dejaba de sangrar, y al no ver nada, se asustó, y acudió a su médico.
Sin apenas preguntarle, me confesó en voz muy baja, que esta vez la culpa había sido suya. Que llegó a las siete y cuarto, aún sabiendo que él vuelve a las siete, y que además, no tenía excusa, porque simplemente se entretuvo charlando con la madre de un compañero de su hijo, en la puerta del colegio.
Supuso, por lo que me dijo, que cuando él llegó a las siete en punto, al ver la casa vacía, empezó a pensar mal, y se alteró tanto, que a pesar de intentar darle una explicación de la tardanza, cogió a su hijo Raúl, de tres años, y empezó a zarandearlo. Ella, por que no le hiciese daño al pequeño, y para evitar que el mayor de 10 años se enfrentara al padre, y tuviese que ir a clase magullado de nuevo, se puso en medio para parar su ira traducida en golpes. Lo que no pudo planificar, es que él, al ver que no estaba su mujer en casa a las siete en punto, había preparado los puños americanos cuidadosamente, y le destrozó la cara, los pechos, y el alma…
Lucía, tiene mi edad, y no sólo ha quedado ciega de un ojo, sino que apostó por una carta equivocada que le hizo perder su juventud, a su familia, y toda su vida… Mañana habrá muerto. Iré a su casa, y lo encontraré a él con las manos manchadas de sangre, llorándola. Avisaré a la policía, retiraré a los niños, e intentaré, una semana después, ofrecerle tratamiento al alcohólico sin control de impulsos, para que pueda rehacer su vida. Lo veré semanalmente y tendrá mi apoyo incondicional, sin ser juzgado.
Cuando llegue a casa, le lloraré a mi almohada…

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