
Él, que me confesó con detalle mirándome con ojos de muerte, como esa tarde preparó el cuchillo, como lo lavó y afiló, como inventó un soporte para esconderlo en su bota derecha, como fue a buscarla a casa de su hermana, y como, mientras dormía ella, delante de tres niñas, empezó a clavarle el puñal con una fuerza que hasta aquel momento incluso él mismo desconocía; cómo perdió la noción del tiempo, y como la sangre corría por suelo y muebles; … Él, él mismo, me miró con ojos dulces, y me confesó que a ella le faltaba justamente el don que yo poseía. Saber escuchar.

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