
Se puso su cazadora roja de caperucita, y en su bolsillo izquierdo, encontró tres castañas de la suerte que le había dado él. En ese instante, por la piel de sus brazos, pasaron mil escenas bajo las sábanas, mil miradas mangas, mil besos de burbuja, y mil penetraciones de puro amor… Sacó las castañas mágicas, las tocó, las miró con nostalgia, y decidió, fiel a sus intenciones, deshacerse de ellas; pero, educada con vestidos de princesa, su fortaleza flaqueó, y no pudo hacerlo. Las volvió a mirar, las tocó de nuevo, olió sus recuerdos…
Se quitó la cazadora roja de cuento de final feliz, y la colgó de nuevo, con la extraña sensación de aventurarse a sabiendas - esta vez sin temores a lobos de leyendas amañadas - hacia cualquier final incierto…
Se quitó la cazadora roja de cuento de final feliz, y la colgó de nuevo, con la extraña sensación de aventurarse a sabiendas - esta vez sin temores a lobos de leyendas amañadas - hacia cualquier final incierto…

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