
Marqué su número de forma mecánica, esperando que su voz me tranquilizara desde el otro lado. Confiaba en que él, que siempre ha estado ahí, lograra convencerme de que todo iba bien, de que nada había cambiado, de que no hay nada imposible, que hasta los añicos más pequeños pueden volver a unirse…
Tardó unos segundos, que se me hicieron eternos en la lejanía, en responder, y al compás de los tonos, crecía mi desesperación por la toma de contacto. Al fin, un “hola?”, actuó en mí como un pinchazo de antipsicótico, mi corazón bombeó con fuerza de nuevo, sin poder disimular una sonrisa, inicié mi discurso explícitamente sexual, para que no cupieran dudas de lo mucho que necesitaba esa noche su enorme polla dentro de todos mis orificios. Él se mantuvo en silencio, escuchando las mil barbaridades que salían encadenadas por mis labios lascivos. El hombre que estaba al otro lado del teléfono no quiso interrumpirme para confesarme que no era el interlocutor que esperaba. Me equivoqué de número y allí estaba, confesando mis más íntimas inquietudes a un desconocido paciente que empezaba a excitarse y a sentir verdadera curiosidad…
Yo que me sentía como una muñeca desmembrada, no supe reaccionar, y en un alarde de lucidez, intenté recuperar mi dignidad, fingiendo con naturalidad, que aquel error, no sólo no me preocupaba, sino que además me divertía.
Su voz era interesante, masculina y seria, y cedió con sorpresa, pero sin dudar, a mi propuesta de mantener sexo telefónico completo. No nos veíamos, no nos tocábamos, pero nuestras pieles sentían lo mismo. La sangre bajó a los genitales, y nuestros orgasmos se simultanearon a través de las ondas…
Han pasado varios días, y su número no deja de asediar al mío. Es otro de esos números que ya jamás obtendrán respuesta. Pero debo reconocer, que ese error fortuito, me hizo añorar los días de vacío emocional, y de revolcones de una sola noche…
Tardó unos segundos, que se me hicieron eternos en la lejanía, en responder, y al compás de los tonos, crecía mi desesperación por la toma de contacto. Al fin, un “hola?”, actuó en mí como un pinchazo de antipsicótico, mi corazón bombeó con fuerza de nuevo, sin poder disimular una sonrisa, inicié mi discurso explícitamente sexual, para que no cupieran dudas de lo mucho que necesitaba esa noche su enorme polla dentro de todos mis orificios. Él se mantuvo en silencio, escuchando las mil barbaridades que salían encadenadas por mis labios lascivos. El hombre que estaba al otro lado del teléfono no quiso interrumpirme para confesarme que no era el interlocutor que esperaba. Me equivoqué de número y allí estaba, confesando mis más íntimas inquietudes a un desconocido paciente que empezaba a excitarse y a sentir verdadera curiosidad…
Yo que me sentía como una muñeca desmembrada, no supe reaccionar, y en un alarde de lucidez, intenté recuperar mi dignidad, fingiendo con naturalidad, que aquel error, no sólo no me preocupaba, sino que además me divertía.
Su voz era interesante, masculina y seria, y cedió con sorpresa, pero sin dudar, a mi propuesta de mantener sexo telefónico completo. No nos veíamos, no nos tocábamos, pero nuestras pieles sentían lo mismo. La sangre bajó a los genitales, y nuestros orgasmos se simultanearon a través de las ondas…
Han pasado varios días, y su número no deja de asediar al mío. Es otro de esos números que ya jamás obtendrán respuesta. Pero debo reconocer, que ese error fortuito, me hizo añorar los días de vacío emocional, y de revolcones de una sola noche…

0 Comments:
Post a Comment
<< Home