LA SAUNA


Esa tarde, en la ducha, me maravillé con el recorrido del agua sobre mí. Colmaba mi cabello y se deslizaba cálida por mis hombros, para luego esquivar mis pezones con calculada delicadeza, colarse en mi ombligo, y cubrir mis muslos. De forma inconsciente, usé el gel de manzana y el suavizante de liso perfecto. Bajo el agua tibia, intentaba relativizar la situación, pero me venían a la mente sus comentarios acerca de tocar mi piel, y saborear mis pechos… Tenía una extraña sensación de tranquilidad. Nada de lo que pudiera suceder esa noche me perturbaba; no sentía en absoluto la excitación previa de esas veladas que se ansían, ni el temor a una situación desconocida, ni morbo, ni un ápice de motivación, pero tampoco asco. Simplemente sería una escena lasciva más en mi vida nocturna, y por primera vez, obtendría una contraprestación por mi servicio exquisito.
Me sequé con tacto mientras miraba fijamente mi cuerpo en el enorme espejo, me embadurné de aceite, busqué la ropa interior adecuada para la situación, y me enfundé un vestido cualquiera.
Me sequé con tacto mientras miraba fijamente mi cuerpo en el enorme espejo, me embadurné de aceite, busqué la ropa interior adecuada para la situación, y me enfundé un vestido cualquiera.
El saludo fue incómodo, y la tensión se mantuvo hasta la llegada al restaurante, pero durante la cena, mi jefe se llenó de valor, y pasó de hablar del tiempo a compartir conmigo en voz susurrante, sus deseos hacia mí. Lo hacía de un modo clásico, casi cómico, y entre líneas me hacía saber que era absolutamente consciente de que si no tuviese esa situación de poder sobre mi vida, jamás podría conseguirme. Quizás fingía sentirse inferior a mí como ser humano, para compensar su superioridad laboral, y tranquilizarme intentando llegar a “tablas” en nuestros roles. De hecho no creo que fuese consciente de mi sorprendente estado de tranquilidad. Yo lo escuchaba simulando atención, mientras él me intentaba describir en gestos y palabras arcaicas, qué aspectos de mí le resultaban atrayentes. Me habló de mi frescura, mi inteligencia, mi integridad, y de cómo todas esas cualidades podían estar "envueltas de tanta belleza".
Ya en el postre, y a sabiendas de que el próximo destino era la sauna que había adquirido gracias a algún acto de prevaricación, decidí con total naturalidad, saciar mis dudas sobre la finalidad de nuestro encuentro. Que mi permanencia en ese empleo, dependía de un contacto sexual, era algo obvio, pero consideré necesario matizar las condiciones. Él me miraba atento, como si quisiera descifrar los mayores secretos de mi mente, mirándome a los labios en lugar de a los ojos, y algo confundido por el mensaje, me confesó que le dolía reconocer que sólo estuviese allí por la coacción, pero que le alegraba que hubiera entendido su "necesidad" con tanta madurez.
Salimos hacia la sauna. Entramos, se quitó la chaqueta, me cogió un pecho con la mano abierta, me empujó suavemente hacia la pared, y empezó a besarme. Cuando sentí su lengua viperina en mi boca, tuve que hacer un esfuerzo por concentrarme, porque visualizar la situación desde fuera me empezaba a repugnar. Cerré los ojos, inspiré profundamente, y me trasladé mentalmente a nuestro sofá para que todo aquello fuese más llevadero.
Me desnudó observando la caída de cada prenda, y me acarició todo el cuerpo de un modo compulsivo, como un ciego intentando descifrar las curvas de su amada.
Cuando abrió, la sauna ya estaba lista, se quitó la ropa rápidamente y al cerrar la puerta, solo pude ver una enorme erección entre tanto vapor. Me tumbó en el banco de madera, me siguió acariciando ahora más suavemente, abrió mis piernas, y me penetró como si lo hubiese estado deseando desde el momento de mi primera entrevista, aunque con cierta delicadeza. Tres segundos y dos jadeos después, había eyaculado.
En primer plano su cara enrojecida pegada a la mía, y nuestros sudores empezando a mezclarse de un modo hostil. No sentí ni dolor ni placer. Sólo temía desmayarme por el calor, y dejar de ser consciente de lo que acababa de suceder. Aquello había constituido mi primer acto de prostitución explícita y, tal y como sospechaba, me resultó escalofriantemente sencillo.

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