ser mujer

Sunday, July 20, 2008

Noche de caza


Cada noche, cuando salgo de caza, preveo la infinidad de posibilidades de encontrarme con presas a las que ni siquiera yo sería capaz de devorar. En cuanto oscurece, valoro serena todas las opciones, y las memorizo bien, para que una vez etilizada, no se me olviden las reglas básicas del juego.

Durante toda mi vida, he ejercido el control sobre mis víctimas, que felices han sucumbido a mis mordiscos, pero esa noche, algún detalle en la estrategia de mi plan perfecto falló, evidenciándome que ni el psicópata más frío, tiene el control absoluto de todas las situaciones.

De los veintitrés tipos que se acercaron a mí cebo entre las 2:00h y las 6:00h de la madrugada de ese sábado, decidí intimar con él. El elegido, un jovencito simpático que me hacía reír con ingenio mientras se dejaba llevar por el ritmo de la música y que me apetecía morder muy lentamente, se dejó caer en la trampa y en pocos minutos estuve saboreando su inquieto sexo, ante su asombrosa excitación.

Ya por la mañana, con el sol iluminando nuestro desaliño postcoital, observé que quizás ese joven, era mucho más joven de lo que parecía bajo la protección de la noche, y mirando más allá, empecé a reconocer en él rasgos que me resultaban familiares. Lo analicé durante unos minutos, mientras él me hablaba eufórico de sus inquietudes vitales juveniles, y un escalofrío oscuro me recorrió el alma, cuando me di cuenta de que había desvirgado al hermano menor de mi mejor amigo. En esta ocasión, menor no es un eufemismo, ese niño era unos quince años menor que yo, - que a mi edad, implican una diferencia significativa-, y me invadió la odiosa sensación de mujer mayor depredadora rastrera de crías débiles, que sólo había sentido en aquella ocasión en la que estaba follando desaforadamente en casa de mi ligue de turno, y al oír las llaves en la puerta, me di cuenta de que en lugar de esconderme para no ser descubierta por los padres de mi polvo, estaba huyendo de sus hijos adolescentes. Y por mi cabeza pasó la escena en la que una niña de 14 años, visita junto a su mejor amigo, compañero de pupitre, la sala de partos en la que está recién nacido, su hermanito, sin poder vaticinar que años más tarde, mucho más alto y desarrollado que entonces, acabará siendo una de sus hazañas sexuales nocturnas; y me lamenté de no haber acabado la noche con ese italiano gigante, fuerte y clavo que me miró fijamente, se acercó a mi sin dudas, me estrelló contra la barra abarrotada de gente, se apretó contra mí, metió sus dedos entre mi tanga, y me masturbó allí mismo, sin vacilar, en medio de la repletísima sala house de la discoteca. Seguro que él al menos, tenía un pene mayor de edad.

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