ser mujer

Tuesday, June 10, 2008

El hombre verde



A las 7 en punto de la mañana, sonó como cada amanecer el monótono sonido de su despertador. Sin sobresaltos, se dio la vuelta, alargó su brazo izquierdo, y con un suave toque de la punta de sus dedos, lo apagó, y se dispuso a iniciar ese nuevo día que además de nublado, no prometía nada especial.

Con los ojos todavía cerrados, abrió el grifo del agua caliente, se quitó el pijama 50% algodón, 50% elastán, y se metió en la ducha. Se enjabonó con su gel ph neutro, se secó con una de sus toallas blancas, cepilló sus dientes con un cepillo de púas ni demasiado duras ni demasiado blandas, usó el desodorante mixto habitual, peinó su pelo castaño entre largo y corto, se vistió con su camiseta gris de los lunes, y fue a la cocina a preparar el desayuno.

Abrió el paquete de café mezcla, lo preparó con un poco de leche tibia y sin azúcar, y lo tomó con velocidad para no perder el tren de las ocho menos diez.

Al subir al tren, tomó asiento en un sitio cualquiera sabiendo que disponía exactamente de 36 minutos hasta que la alegre voz en off femenina de RENFE, anunciara su parada, y, como cada mañana, inspiró profundamente, y se preparó para observar al resto de pasaje.
Sentada a su derecha estaba pensativa, una chica pelirroja, muy guapa. Su aspecto tranquilo le hizo pensar que se trataba de una persona responsable. Se sentía embelesado por ella, y a pesar de que la veía cada día, nunca se decidió a decirle nada, aunque en su interior deseara que esa mujer fuera la madre de sus hijos. Muchas noches, tras la lectura de un periódico no partidista, cerraba los ojos y visualizaba como sería su vida compartida con ella, pero se sentía demasiado atraído por observar a los demás como para perder tiempo socializando con la pelirroja. De todos modos, nadie podía asegurarle que ella se hubiera fijado en él, y prefirió afianzar su creencia basada en ese proverbio chino que leyó hace años en el azucarillo de un café de media tarde, y que decía así: “Basta con que una mujer sea de tu interés, para que te muestre la más cruel indiferencia” o algún devaneo parecido.

Frente a él, estaba como cada viaje, ocupando dos asientos, ese chico enorme con camiseta heavy metal, calva sorprendentemente brillante y perilla tullida, que movía la cabeza al ritmo de sus auriculares, ajeno al resto del mundo. De un modo controvertido, sentía cierta admiración por él; le fascinaba imaginar como sería la vida de ese hombre, siempre en su mundo de noche, guitarras, agudos y cervezas. En ocasiones soñaba que pertenecía a un grupo de estrellas del rock, y que confundía el día y la noche, entre drogas, música y sexo sucio, pero al tiempo, se desengañaba, ¡si incluso temía los efectos secundarios de las aspirinas!, ¡como iba él a jugarse su salud viviendo la noche y sus excesos!? Su colesterol estaba entre los límites aceptables y su madre siempre le había insistido en que así debía permanecer. Así que prosiguió con su voyerismo mañanero, sin plantearse más alternativas.

Buscó con su mirada discretamente, a una chica rubia de mirada inquietante que solía sentarse un poco más lejos. Sus labios carnosos impedían centrar la mirada en otra parte. Le parecía una chica muy segura de sí misma porque solía mirarlo divertida, mientras ligaba con naturalidad, con todos los hombres del vagón. Pensaba cada día que se trataría de una de esas chicas tontas que se tatúan y provocan sin más; vacías y superficiales; así que se conformaba con masturbarse después de la siesta, pensando que esos labios bajaban a su entrepierna y lo hacían feliz aunque fuera unos instantes. Con ella tenía fantasías recurrentes, pero nunca pensó en nada más allá. Seguro que no era más que una aprendiz de actriz, o una patinadora de Carrefour, ambas profesiones ante las que su madre se opondría seguro para una futura nuera merecedora.


A su izquierda, se sentaba siempre cargado con cajas y bolsas, un chico árabe, alto, con ojos profundos que embellecían aún más sus rasgos elegantes, que vestía siempre, invierno y verano, con colores vivos, y que siempre se apresuraba con éxito, en finalizar su trayecto cerca de la rubia provocativa. Debía dedicarse a la venta ambulante, acostumbrado a rodearse de gente, relacionándose con unos y con otros. Imaginaba que su vida, habría sido dura y excitante a la vez. Salir de tu país, viajar, conocer gentes y culturas nuevas… -“Yo no podría hacerlo” – pensaba mientras lo observaba atento, - además, la comida árabe me sienta mal, por no hablar del idioma!, con tanto dialecto, no se entienden ni ellos!-

- “Pròxima parada: Pobleneutre

Bajó del vagón, dispuesto a recorrer con paso firme y a ritmo medio, los trescientos metros que le distanciaban de su lugar eterno y seguro de trabajo, cuando al mirar su reloj, se dio cuenta de que su mano se había vuelto de color verde. Sorprendido miró su otra mano, y sus brazos y piernas, y también eran verdes.
Tardó unos instantes en comprender que su piel había absorbido rasgos tan dispares y de tantas gentes distintas, que lo habían convertido en un ser indefinible, alimentado de otras vidas y otras emociones, convirtiéndose en un personaje onírico…. y de color verde.

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