ser mujer

Tuesday, March 04, 2008

GENTE


Los humanos nos relacionamos constantemente, incluso cuando queremos dejar de hacerlo, nos resulta inevitable. Por nuestras vidas pasan cientos de personas, seres que nos resultan irrelevantes y gentes que perdurarán en nuestras mentes emotivas durante toda nuestra vida. Pasan amigos de infancia, de la guardería, a los que ya ni recuerdas tantos años después a no ser que te deleites viendo esa foto en colores mates del jardín del patio de la escuela, en la que estamos todos los niños posando, y que hace que se te escape una sonrisa…

Amigos del colegio, profesores que te marcaron, amores platónicos del instituto, colegas de la facultad, del lugar de veraneo donde tus padres decidieron instalar tus vacaciones de infancia, amigos de tus amigos que al final son más amigos tuyos, compañeros de tus múltiples trabajos, gente que conoces en una cola cualquiera, vecinos, líos de una noche, amantes, amigos de los amantes, hijos de los amantes, ex mujeres de los amantes, usuarios especiales y también normales… Familiares de todos ellos… miles de personas que van pasando y que, en mi caso, raramente logran mantenerse cerca. Mis relaciones se limitan en tiempo y espacio, y es así como debe ser. Odio que mis relaciones, tan bonitas, de cajita de música con bailarina, se descontextualicen y pierdan esa magia que sólo pueden tener en ese instante concreto en el que tienen lugar; prolongar esa agonía del mantenimiento de contacto, aunque ya no apetezca, perder el tiempo de ese modo me incomoda y me genera tensión. Las relaciones tienen su momento y deben fluir, para dar paso a otras que pueden ser mejores, o peores, pero siempre diferentes, más largas, más fugaces, no importa, pero novedosas y acumulativas.

A veces, sólo a veces, tengo la irreprimible intención de buscar a ese ser que fue referente en mi vida, ese profesor, ese amor que ya pasó, ese vendedor de lotería de la esquina de casa de mi padre… pienso en qué será de su vida tantos años después, e imagino nuestro reencuentro ya ambos adultos con una trayectoria enriquecedora que compartir, con un armonioso café caliente entre las manos, en una tarde de otoño. Busco en google su nombre completo esperando ver aparecer un teléfono, o una imagen, alguna pista que seguir para alcanzar ese encuentro, y en ese instante, vivo esos recuerdos tan bellos, esos que sólo logras con los olores, cerrando los ojos, y me recreo en el tierno recuerdo, hasta que descubro que un reencuentro significaría romperlo todo en mil pedacitos irrecuperables para
mi saquito de memoria, y sé, aunque me entristezca, que ese último contacto posterior, prevalecería en mi cabeza difuminando ese pedacito de historia romanticona de infancia, y aterrizo, y dejo de buscar pistas que me lleven a ese ser, porque en el fondo, nuestras vidas ya se cruzaron, ya tuve mi momento de coincidencia con él, y ese debe ser el que perdure hasta el final. ¿Qué sería si no, de las tragedias griegas, sin estos arrebatos de racionalidad? Para encontrar el romanticismo de la vida, debes aportar ese puntito de sado-racionalidad que hace que puedas seguir conmoviéndote a pesar de tus extremas vivencias.
Sólo debes seguir viviendo, que cada día y cada persona cuenten, aunque sea un poquito, y esperar para poder valorar tu puzzle de sensaciones interpersonales cuando te vuelvas hacia tus recuerdos.

Y así, cuando sólo sea un saco de recuerdos, postrada en una de esas camitas tristes y verdes de hospital de humanos casi muertos en fase de desaparición, en esa mítica película de mi vida que sé que veré, toda esa gente, pasará con elegancia por el film ante mi dulce sonrisa, y tú serás el protagonista, porque necesito que existas en mí, para seguir adelante, aunque nunca sepa que es lo que me espera mañana…

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