ser mujer

Tuesday, February 08, 2011

PARANOIA


Hablando con mi madre por teléfono, no pude contener mis lágrimas. Retuve un llanto ahogado, que como siempre en mi vida, debía ocultar, mientras ella, ajena al eje de mi mundo en esos momentos, desconociendo mi tristeza y mis temores, me hablaba de viajes y de bricolaje. Dos lágrimas con más sal que agua, mojaron mi móvil, y mentí cuando dije que debía irme, porque de otro modo el grito que permanecía suspendido en mi garganta habría salido ante los oídos frágiles de mi madre. No quería preocuparla. Estaba lejos, y no podía hacer nada más por mí, que inquietarse y sentirse culpable por la distancia que un día decidió que debía separarnos intermitentemente.

Pensé sobre ello. Inmersa en mi egocentrismo, no fui capaz de ver las pistas que me había estado dejando durante todo este tiempo. Todas las navidades, me escribía un mensaje; una carta auténtica, de las que ya no se estilan, a mano y en papel impregnado con su olor. Jamás las contesté.
En mi último cumpleaños, dibujó en plana calle, bajo mi ventana, nuestros nombres en mil colores, envueltos por un inmenso corazón rojo, luego llamó al timbre, y esperó a que me asomara. Creo recordar una leve sonrisa mecánica de sorpresa dibujándose en mi cara, pero ni siquiera bajé a felicitarle por aquella íntima pequeña gran obra de arte.

Un San Valentín, un mensajero sonriente pretendía llenar mi coche de rosas rojas, y cada día, sin faltar uno y fiel a su labor, me despertaba con un mensaje de buenos días y me arropaba con otro de buenas noches. Así, desde hace 7 años. Lo dejamos de una forma anormalmente civilizada. Se acabó el amor, y de un modo racional, interpretamos que nuestros caminos debían seguir rumbos distintos.

Reapareció de pronto, la semana pasada. Me llamó a las 4 de la madrugada 23 veces, y preocupada por si algo grave había sucedido, le devolví la llamada. Me habló del amor que sentía por mí, me confesó que había sido incapaz de olvidarme, que cada lugar, cada palabra y cada persona con las que se cruzaba era yo.
Intenté colgar el teléfono lo más sutilmente que permiten este tipo de situaciones incómodas, pero me amenazó con el suicidio. Intenté entonces hacerle comprender, pero me fui dando cuenta de que su mente no funcionaba de un modo organizado. Me hablaba de situaciones del pasado en tiempo presente, y comprendí que su mente se había empeñado en quedarse allí, en aquel pasado cómodo que compartimos un día.

Le hablé de mi pareja, y a modo de cuento infantil, me argumentó que el amor verdadero no tiene limitaciones. Su tono no era agresivo, y eso era lo verdaderamente desconcertante. De su boca sólo salían frases de amor y de autolesión, ni una amenaza hacia mi integridad, sólo ruegos y recuerdos mezclados de días que yo viví de forma diferente. Colgué el teléfono. Insistió 10 veces más. No lo cogí.
Sonó el timbre. Di un salto de la cama porque no podía creer que fuese él. Montado en una ridícula bici, en camiseta de tirantes un día de Enero a las 5 de la mañana, apareció bajo mi ventana compartiendo a gritos con el vecindario su amor por mí. No abrí la puerta. Supongo que lo haría algún vecino poco empático, harto de aquel espectáculo de Cyrano de Bergerac extremo.
Al subir, destrozó mi timbre mientras se empezaban a oír llantos de despertares forzados de los niños de la finca. Me acerqué a la puerta dispuesta a hacerle frente, pero una sensación de miedo inmenso me atrapó. No supe qué decirle. Veía bajo el umbral de la puerta su sombra en movimiento, y escuchaba inmóvil, bloqueada, las historias en las que se había quedado enquistado. Me quiso devolver por debajo de la puerta los cincuenta euros que le dejé “ayer” para el mecánico, me preguntó sorprendido por qué no fui a comer a casa de su madre el sábado pasado, que se quedó esperando, o si recordaba donde había aparcado su coche esta mañana antes de salir de mi casa. Paralizada, pasaban imágenes por mi cabeza; recuerdos; el coche que estrelló una noche porqué según él se le cruzó un animal en pleno centro de la cuidad, y cómo lo llevamos al desguace a piezas; la muerte de su madre, el entierro, cuando vendieron su casa; cuando me contaba que aquel hombre con paraguas lo quería golpear y tuvimos que salir corriendo huyendo de no sé qué; cuando creyó que la médica formaba parte de una conspiración en la qué querían acabar con su vida; cómo quiso dispararle en la nuca aquel empleado de la gasolinera…

Me sacó del estado de shock, el primer golpe seco en mi puerta. A ese le siguió otro, y luego otro más, y así, se lió a patadas con ella hasta romper uno de los cerrojos. Iba a conseguir entrar y no se me ocurría nada más que hacer que permanecer allí, quieta, perpleja y sintiendo que aquello no me podía estar pasando a mí.

En un arranque de irracionalidad poco efectiva, entristecí porque no tenía a nadie con quien compartir lo que me estaba pasando. No soporto en mi misma la sensación de víctima. Odio la compasión. La gente espera de mí que sea fuerte, que escuche, que gestione, que apoye… Sentí de repente que no encontraría en mi infinita agenda ningún hombro en el que apoyarme, ningunos brazos cálidos que me abrazasen, ningún oído que me escuchase de verdad, nada profundamente sincero…

Y se fue…
Por la tarde me volvió a llamar, y por la noche vino de nuevo a la puerta de mi casa, intentaba soplar para derrumbar la puerta y decía gritando que uno de “los tres cerditos” lo logró así…
Como siempre, mantuve mi coraza de chica fuerte, y acudí con esplendorosa sonrisa a todos mis quehaceres, pero lo cierto es que sentía una combinación de lástima y miedo cada vez que salía a trabajar, que cogía el coche, que iba al gimnasio o que sacaba al perro… Estaba por todas partes, salía de entre los coches. Dormía en plena calle, con esa misma ropa de verano, con la cara cada vez más desfigurada… Él me esperaba, y yo sólo huía.

Tras cuatro días de asedio, llamé a la policía. Sé como funciona esto. Lo vivo a diario en la piel de otras. Lo que no sabía era como te hacía sentirte… Mi compasión hablaba por mí: "Sé que no está bien… Necesita ayuda… No tiene a nadie…Incluso lo quise un día…"

Mañana es el juicio rápido, y conocedora, sé que es ahora cuando empieza el verdadero juego para él, pero la
tristeza se puso en cabeza cuando te tenía frente a mí, y mirándote a los ojos, ví como se abría un abismo entre nosotros que impedía que pudieras oír mi grito de dolor mientras iba a ser devorada... No te culpo, sé que yo tampoco he estado ahí; intento estar en tantos lugares por compromiso o complacencia, que al final dejo de estar en los que el corazón me pide...

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