Vacaciones con la muerte

Alguien me comentó fugazmente que le resultaba complicado cruzarse con seres excepcionales. Dudamos juntos acerca de la existencia real de estas personas mágicas, capaces de hacerte volar a través de sus cuentos, de su sexo, de su vida, o de su mirada. Tras no lograr alcanzar una conclusión objetiva, y harto de que la mayoría de sus interrelaciones fuesen simplemente “normales”, se largó a un pueblo apartado en el que había un bosque, y se dedicó a atar niñas a los árboles, violarlas y luego quemarlas, para descuartizarlas y guardarlas eternamente en el maletero de su nuevo coche granate metalizado. Yo estuve a puntito de dedicarme a lo mismo con jovencitos vírgenes a los que se les hace todavía imposible calcular mi rango de edad, hasta estas vacaciones.
La misma noche en la que había decidido buscar ese pueblecito de cima de montaña, él murió. Con su muerte todo mi universo de juventud dio un pequeño giro. Vi más cercana la posibilidad de ir acumulando muertes, y eso me estremeció. Mi realidad se alteró, y con ella mis deseos más profundos. Reconocí que un polvo sin cara no me aportaba nada, y decidí que a partir de ese instante, todo lo que me rodease voluntariamente, debería venir en un precioso envoltorio de ternura y magia de color rosa. Di un giro a mi meta psicópata/vacacional inicial, y me dediqué a viajar por el país, buscando a esos poquísimos seres que marcaron mi vida con sus destellos, ajenos a ello.
Tras medio día de carretera de montaña, leí el cartel donde un día este hombre al que recuerdo con tota nitidez a pesar de los años, me dijo que vivía. Era un valle que englobaba 8 pueblecitos, cada cual de más difícil acceso. Entré a un bar, algo desanimada, porque en mi poder, sólo tenía como recuerdo, un nombre y una profesión. Extrañados de ver a una chica con minifalda a ras de culo por esos parajes, los autóctonos me preguntaron a qué se debía mi visita. Les expliqué sin mucha fe, que buscaba a un profesor llamado Justo, que me ”orientó” hacía ya unos 20 años, y cual fue mi sorpresa al ver que en esas aldeas todos se conocen, y no sólo me dieron los datos de Justo, sino también de toda su familia; lugares de residencia, número de hijos y vicios ocultos. Mi sonrisa se empequeñeció cuando me comentaron que ese hombre especial, que me aportó algo genuino a pesar de nuestra diferencia de edad, había muerto dos años atrás, a los 52 años, de un cáncer minúsculo que los médicos no curaron del todo bien.
Ya en medio de la nada, viajé hasta su pueblo, para visitar su lápida, e imaginar como habría sido su solitaria vida, dándole un toque de color desde mi entelequia. Amablemente 9 de los 30 habitantes totales de la aldea, me acompañaron al minúsculo cementerio. El tamaño de ese viejo y abandonado osario, era inferior al de la plaza de mi garaje, pero para qué más si los cuatro viejos que sobrevivían cabían de sobra…
Al compás de las respiraciones entrecortadas de senderista experto de aldeano, me contaban la vida de Justo, la suya, y la de sus familias, y una vez frente a la foto en blanco y negro de una lápida compartida, como de otra época, y sin unas malditas flores que lo acompañasen, Justo me miró, desde ese “otro plano” en el que sólo logran comunicarse los seres excepcionalmente mágicos, y me agradeció la visita con un cálido abrazo de muerto que por un instante ha dejado de estar aburrido.
De camino de regreso a casa, quise llamar a ese alguien, que un día dudó a mi lado de la existencia de la magia, y gritarle que no desesperase, que la magia existe, y que volar es difícil, porque si no lo fuese, no levantaríamos un palmo del suelo al encontrarnos de nuevo…
Los jovencitos vírgenes deberán esperar; aunque por si acaso, y para que no me pille de improvisto, llevo unos condones y una sierra mecánica de bolsillo en mi maletero; porque las convicciones, por arraigadas que estén, a veces te cambian en un mínimo instante.
La misma noche en la que había decidido buscar ese pueblecito de cima de montaña, él murió. Con su muerte todo mi universo de juventud dio un pequeño giro. Vi más cercana la posibilidad de ir acumulando muertes, y eso me estremeció. Mi realidad se alteró, y con ella mis deseos más profundos. Reconocí que un polvo sin cara no me aportaba nada, y decidí que a partir de ese instante, todo lo que me rodease voluntariamente, debería venir en un precioso envoltorio de ternura y magia de color rosa. Di un giro a mi meta psicópata/vacacional inicial, y me dediqué a viajar por el país, buscando a esos poquísimos seres que marcaron mi vida con sus destellos, ajenos a ello.
Tras medio día de carretera de montaña, leí el cartel donde un día este hombre al que recuerdo con tota nitidez a pesar de los años, me dijo que vivía. Era un valle que englobaba 8 pueblecitos, cada cual de más difícil acceso. Entré a un bar, algo desanimada, porque en mi poder, sólo tenía como recuerdo, un nombre y una profesión. Extrañados de ver a una chica con minifalda a ras de culo por esos parajes, los autóctonos me preguntaron a qué se debía mi visita. Les expliqué sin mucha fe, que buscaba a un profesor llamado Justo, que me ”orientó” hacía ya unos 20 años, y cual fue mi sorpresa al ver que en esas aldeas todos se conocen, y no sólo me dieron los datos de Justo, sino también de toda su familia; lugares de residencia, número de hijos y vicios ocultos. Mi sonrisa se empequeñeció cuando me comentaron que ese hombre especial, que me aportó algo genuino a pesar de nuestra diferencia de edad, había muerto dos años atrás, a los 52 años, de un cáncer minúsculo que los médicos no curaron del todo bien.
Ya en medio de la nada, viajé hasta su pueblo, para visitar su lápida, e imaginar como habría sido su solitaria vida, dándole un toque de color desde mi entelequia. Amablemente 9 de los 30 habitantes totales de la aldea, me acompañaron al minúsculo cementerio. El tamaño de ese viejo y abandonado osario, era inferior al de la plaza de mi garaje, pero para qué más si los cuatro viejos que sobrevivían cabían de sobra…
Al compás de las respiraciones entrecortadas de senderista experto de aldeano, me contaban la vida de Justo, la suya, y la de sus familias, y una vez frente a la foto en blanco y negro de una lápida compartida, como de otra época, y sin unas malditas flores que lo acompañasen, Justo me miró, desde ese “otro plano” en el que sólo logran comunicarse los seres excepcionalmente mágicos, y me agradeció la visita con un cálido abrazo de muerto que por un instante ha dejado de estar aburrido.
De camino de regreso a casa, quise llamar a ese alguien, que un día dudó a mi lado de la existencia de la magia, y gritarle que no desesperase, que la magia existe, y que volar es difícil, porque si no lo fuese, no levantaríamos un palmo del suelo al encontrarnos de nuevo…
Los jovencitos vírgenes deberán esperar; aunque por si acaso, y para que no me pille de improvisto, llevo unos condones y una sierra mecánica de bolsillo en mi maletero; porque las convicciones, por arraigadas que estén, a veces te cambian en un mínimo instante.
Per a tu: Just Domenech i Seguí. Tu em vas fer començar...

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