ser mujer

Saturday, April 25, 2009

Nidos...


Cuando despertó ya era primavera. El invierno había pasado rápido. Como siempre en su vida, sintió la necesidad de volar, y abrió sus alas disfrutando de esa primera mañana azul. Casi por inercia, sus ojos fueron a buscar palitos de madera, ramitas de árbol, y varillas perfectas, que por obra de un impulso incontrolado, llevaba a su cerezo. No podía parar, debía, sin saber porqué, construir esa especie de hogar. Lo entendió, se sintió fuerte, y siguió buscando y colocando cada palito en el lugar que le marcaba el corazón. Tardó muchos días y muchas noches en construir su fortaleza, en hacerla fuerte, en sujetarla a su rama, y cuando acabó, al ver aquella minúscula obra de arte, gritó y aleteó de alegría, sin comprender que ese gesto sería la fórmula de que alguna pájara se acercara a visitar su nuevo domicilio. Chillaba como un pájaro loco, y movía el ala una y otra vez, incombustible, poseído por una fuerza superior a su entendimiento, hasta que de pronto, oyó otro grito cerca de él. Era otro joven pájaro que también estaba eufórico por haber finalizado su lego, y pronto el pájaro del manzano, el del olivo y los de los naranjos de alrededor gritaban y aleteaban, luchando por ser los que más lograran llamar la atención del vecindario.

Pronto una hembra voló hacia los nidos. No era una hembra normal. Nunca se había sentido como las de su especie, y nunca actuaba sin tantear primero la zona. Su familia se crió en un coto de caza del que sólo logró escapar con vida ella, y los hombres y los disparos, la habían hecho cauta. Observó desconfiada a los pájaros, se divirtió viendo su buena voluntad, sonrío viendo alegre esos gestos estridentes y ridículos, y con el pico verificó la fortaleza de sus casas. No parecía convencerle ninguno de los alborotados pretendientes, así que intentó volar más alto para poder verlos desde arriba; quería una visión global de ese puñado de hombres alados. Durante un segundo, la pájara fue consciente de la situación. Cientos de pájaros mostrando todos sus encantos, para ganar una lucha, para obtenerla como trofeo, para cuidarla quizás…

De repente una tristeza enorme, le proporcionó la rabia suficiente para darse la vuelta y marcharse lejos, al darse cuenta de que esas estructuras casi perfectas, hechas con tantísima precisión, no eran más que pequeñas cárceles de maderitas, hechas a medida, durante un irracional arrebato hormonal masculino.

Así que voló con todas sus fuerzas, rompiendo el cielo abierto, bebiendo libertad, hasta que desapareció de su vista, la comparsa de pájaros histriónicos. Sintió que sus alas ya no pesaban, y supo que nunca caería en un nido telaraña. Al fin y al cabo, ella nunca había sido como el resto de pájaras de su especie.

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