
Era verano, no recuerdo exactamente que día fue, pero debía ser a finales de Agosto, cuando el verano está cansado ya de actuar, y cede el paso a las noches más frescas. Desde la ventana de su oficina, veía la transformación del cielo, que, amenazante, desafiaba al calor con enormes nubes grises. Ese día de verano, hacía que sintiese esa sensación extraña de sudor pegajoso en la piel, y casi no podía concentrarse en sus tareas. Quería salir, y respirar ese aire nuevo; quería sentirse la protagonista del cambio estacional, y que todo el viento y el frescor se concentrase en ella, y golpease su pelo y su piel… Serian ya las 11 de la noche, cuando salió de trabajar, y, cerrando la puerta, notó que enormes gotas de agua mojaban su blusa y su pelo recogido. Empezó a llover como si toda el agua del año se hubiera acumulado en aquellas nubes. Ella, vestida con su falda estrecha, sus zapatos de tacón y su blusa ya empapada, se quedó parada, mirando hacia el cielo, viendo la agresividad de aquel diluvio, resguardada a la espera de que el temporal le diese una tregua para lograr llegar a casa. No había nadie en las calles. A ella siempre le gustaba imaginar que haría la gente en sus casas, viendo las luces por las ventanas de las enormes fincas… Imaginando, como siempre, se soltó el pelo, respiró, siguió imaginando, y esperó.
De pronto, un joven de aspecto desaliñado apreció corriendo calle arriba. Llevaba una gabardina gris, barba de varios días y el cabello desordenado. Era un hombre muy atractivo a pesar de su juventud. Se resguardó a su lado, la miró muy detenidamente, fijando sus ojos en la falda mojada que le marcaba las curvas perfectas, en sus pechos enhiestos de frío y lluvia bajo la suave tela de la camisa empapada, y se acercó sin sutilezas a olerle el pelo suelto y mojado… El corazón de ella latió como nunca lo había hecho antes. Todo su cuerpo se estremeció a sentir la proximidad de aquel extraño en su cuerpo. No mediaron palabra. Él sonrió. Abrió su paraguas, la cubrió, y ella, como poseída por una de esas situaciones que no se dirigen, andó hacia su casa acompañada por él, sintiéndolo muy cerca. De camino a casa, obnubilada por la situación, a penas podía recordar que horario tenia ese mes su marido, pero lo que estaba claro, es que esa noche de calor y agua, él no estaba en casa, y el impulso irrefrenable de sentirse entre los brazos fuertes de ese chico lleno de deseo, cegaba cualquier otro aspecto de su vida rutinaria. Anduvieron dos manzanas hasta llegar a su casa, rápidamente, ella sacó las llaves de su pequeño bolso, abrió el portal, e invitó con su mirada al nuevo hombre a seguirla por las escaleras. Convencida de que su culo era lo suficientemente joven para atraer la atención de cualquier hombre que la siguiera, y tres pisos después, llegaron a la casa. Nada más atravesar el umbral de la puerta, el joven la colocó con suavidad sobre la pared, y mirándola a los ojos con deseo, metió sus manos bajo su falda. Rompió su blusa mojada y besó sus pechos como un niño que se ha quedado con hambre; la sentó sobre la mesa de la cocina, y la embistió con su enorme y joven verga. La penetró con firmeza mientras ella gritaba de placer, le dio la vuelta, y la invadió por detrás, hasta inundarla de semen… Se abrazaron fuerte durante unos segundos. El chico la miró, se alejó, y la volvió a mirar; sonrió dulcemente, y cruzó su puerta para nunca más volver a verla…
De pronto, un joven de aspecto desaliñado apreció corriendo calle arriba. Llevaba una gabardina gris, barba de varios días y el cabello desordenado. Era un hombre muy atractivo a pesar de su juventud. Se resguardó a su lado, la miró muy detenidamente, fijando sus ojos en la falda mojada que le marcaba las curvas perfectas, en sus pechos enhiestos de frío y lluvia bajo la suave tela de la camisa empapada, y se acercó sin sutilezas a olerle el pelo suelto y mojado… El corazón de ella latió como nunca lo había hecho antes. Todo su cuerpo se estremeció a sentir la proximidad de aquel extraño en su cuerpo. No mediaron palabra. Él sonrió. Abrió su paraguas, la cubrió, y ella, como poseída por una de esas situaciones que no se dirigen, andó hacia su casa acompañada por él, sintiéndolo muy cerca. De camino a casa, obnubilada por la situación, a penas podía recordar que horario tenia ese mes su marido, pero lo que estaba claro, es que esa noche de calor y agua, él no estaba en casa, y el impulso irrefrenable de sentirse entre los brazos fuertes de ese chico lleno de deseo, cegaba cualquier otro aspecto de su vida rutinaria. Anduvieron dos manzanas hasta llegar a su casa, rápidamente, ella sacó las llaves de su pequeño bolso, abrió el portal, e invitó con su mirada al nuevo hombre a seguirla por las escaleras. Convencida de que su culo era lo suficientemente joven para atraer la atención de cualquier hombre que la siguiera, y tres pisos después, llegaron a la casa. Nada más atravesar el umbral de la puerta, el joven la colocó con suavidad sobre la pared, y mirándola a los ojos con deseo, metió sus manos bajo su falda. Rompió su blusa mojada y besó sus pechos como un niño que se ha quedado con hambre; la sentó sobre la mesa de la cocina, y la embistió con su enorme y joven verga. La penetró con firmeza mientras ella gritaba de placer, le dio la vuelta, y la invadió por detrás, hasta inundarla de semen… Se abrazaron fuerte durante unos segundos. El chico la miró, se alejó, y la volvió a mirar; sonrió dulcemente, y cruzó su puerta para nunca más volver a verla…

0 Comments:
Post a Comment
<< Home