ser mujer

Monday, May 24, 2010

Besos sucios...



Debo reconocer que existía una atracción física entre nosotros, y aunque siempre, hasta esa tarde, lo había rechazado, en silencio lo observaba, cuando en las noches de fiesta y alcohol, besaba a mis amigas mientras me miraba provocador, pasando muy cerca de mis labios al hablarme, tentándome… De haber sabido el daño que me haría, jamás habría cedido. La gente hablaba mal de él, pero yo no podía sospechar que podría pasarme a mí.

La primera vez que mis labios rozaron su boca, no me gustó demasiado. Su sabor, el olor de su piel, no eran tal y como los había imaginado. Tuve incluso nauseas tras ese primer contacto, pero en lugar de olvidarlo, poco a poco, me fui acostumbrando a tenerlo dentro de mi. Pasó a ser mi único compañero, mi pareja, el que siempre viajaba conmigo fuera a donde fuera, y el único al que siempre he sido fiel. Cuando desaparecía de mi vista, lo buscaba, y se generaba en mí una ansiedad que no puedo describir. Sólo él podía hacerme sentir tan dependiente, lo quería siempre a mi lado, porque el simple hecho de sentarse junto a mí en cualquier banco de calle, aunque fuese en silencio, me hacía feliz… Necesitaba su presencia constante, y en las ocasiones en las que no podíamos estar juntos, me llenaba de rabia, de celos, de dolor, y mi mente se llenaba de él, añorándolo y soñándolo hasta que volviera a reunirse conmigo.

La primera vez que me hizo daño, lo perdoné, y como cualquier mujer en mi situación de enamorada, creí que no podría conmigo. Yo no era una chica cualquiera; siempre he sido lista e independiente, y él tampoco podía ser tan malo bajo ese aspecto tan perfecto…

Cuando las ocasiones en las que me lastimaba se fueron sucediendo, mi familia y amigos empezaron a alertarme del peligro de seguir junto a él, hasta el punto de prohibirle la entrada a sus casas, pero a mí, el simple hecho de pensar en mi vida sin él, se me hacía insoportable, así que se acostumbró a esperarme paciente hasta que salía de las visitas donde no era bien recibido, y hacíamos el amor hasta cuatro o cinco veces tras la breve separación. El contacto con las personas a las que no les era grato, se fue reduciendo, hasta que un día ya no tuve más relación con ellas por él.
Intentaba compaginar mi día a día con nuestra relación, pero en ocasiones me resultaba complicado porque ocupaba todos mis pensamientos.
Cuando se dio cuenta de lo mucho que lo necesitaba, me planteó que dejara mi trabajo para dedicarle más tiempo. Al principio me pareció una idea absurda, pero tenía tanto poder sobre mí, que cedí a escaparme del trabajo, aunque fuese un ratito, para estar con él. Sólo un beso, sexo oral rápido, y de vuelta al trabajo aunque me sintiera sucia y culpable tras mis escapadas a escondidas.
Poco a poco, y casi sin dejar que me diese cuenta, fue acabando con mi vida y destruyendo mi felicidad, hasta la última vez que me lastimó.
Sentada en una incómoda silla de urgencias, escuché los sermones del médico de turno, recomendándome que lo dejara, casi suplicándome que lo hiciera, si no quería que acabase conmigo. La situación era trágica, aunque yo no me hubiese dado cuenta. Había ido acabando con mi autonomía, con mi libertad, con mi entorno y con mi sentido común, y el dolor en mi cuerpo era el último en recordármelo ese día. Lo había hecho tan poco a poco, tan sutilmente, disfrazando el maltrato de alegría y amor, que me había absorbido sin apenas dejar que me diese cuenta.

Esa noche la pasé intubada en el hospital. Fingía estar de acuerdo con mi gente y con los médicos, pero mis pensamientos estaban con él. Lo deseaba… Nadie me había hecho sentir como él jamás… él me hacía sentirme una mujer completa con sus besos sucios… Nunca una ausencia me había herido tanto… Sabía que él estaría esperándome en la sala de espera, como siempre hacía, y sabía que, a pesar de su conducta reprochable, subiría a verme en un descuido de las enfermeras, cuando ya las visitas se hubieran ido…
Cuando subió, en la oscuridad y el silencio de la noche, un oleaje de miedo recorrió mi cuerpo maltrecho, pero no pude evitar besarlo de nuevo. Él presintió mi vulnerabilidad, y sin piedad, sin amor y salvajemente, acabó con mi vida.

Un simple cigarrillo, cambió mi vida… y mi muerte.

0 Comments:

Post a Comment

<< Home