Módulo 26

Esa tarde hacía un calor de esos que anuncian el infierno que resultará de los próximos meses. Tenía prisa, y andaba rápida y mirando al suelo desde tres manzanas antes de llegar al lugar donde él vivía. Empecé a sudar, y noté que el aire se iba haciendo más y más denso, costándome cada vez más respirar. Empapada y sin casi aliento, llamé a la puerta de su bloque como hago casi cada semana. El portero de turno, vestido con la ya clásica camisa azul cielo, me miró de arriba abajo como si desconociera la condición de un cuerpo humano con pechos, enserieció su rostro, tal y como exigía el protocolo, y presionó el botón de apertura haciéndome esperar en el rellano.
Intentando darme algo de conversación trivial, me preguntó de donde y a qué venía, con un gesto de convencional indiferencia; le respondí con la ficticia amabilidad que llevo siempre puesta cuando voy a estas visitas, y miré a través de la ventana, a todos los que habitaban ese patio rectangular, paseando como almas en pena, a pleno sol.
Cuando parte de la vecindad me había divisado, empecé a escuchar cortejos (por llamarlos de algún modo), halagando sobre todo, la zona final de mi espalda. Me volví de nuevo hacia el conserje, que sonreía ante el espectáculo poco habitual, y le recordé, no sin un sonriente “por favor”, que llamase al inquilino al que buscaba, ya que en principio, a mí no se me permitía la entrada a su habitación. Dudó el nombre de la persona a la que buscaba, se lo repetí, y finalmente, lo llamó a través de megafonía, alterando aún más a la vecindad hambrienta de actividad externa.
Unos minutos más tarde, apareció él, con unas zapatillas de andar por casa de pleno invierno, - a pesar de estar ya, en un adentrado y caluroso mes de Julio -, unos pantalones cortos roídos y sucios, y poniéndose una camiseta que hace unos años debió ser blanca, de tirantes. Su gesto se alegró al ver que era yo de nuevo, y esperó paciente tras la puerta, a que se abriera para poder saludarme.
El impasible conserje nos abrió y nos llevó, mientras los vecinos hiperhormonados enrojecían, por el pasillo que llevaba a la sala donde solíamos hablar durante horas.
Nos sentamos, y con total naturalidad, él empezó a hablarme, ajeno a las miradas curiosas del resto de habitantes que asomaban por las ventanas diciendo impertinencias sobre algunas partes muy concretas de mi cuerpo, como si ya en ese instante, no existiera nadie más que nosotros dos.
Yo, acostumbrada a estas situaciones de submundo, no podía dejar de pensar en cómo me entrometía casi cada semana, y sin aviso, en la vida íntima de aquel hombre, sin darle opción a prepararse para la visita, sin saber si le apetecía o no mi presencia… y no podía evitar compararme, y pensar cómo me sentiría yo, si alguien apareciese en la puerta de mi casa, así de repente, llamando sin cita previa, para meterse en mi comedor mientras intento hacer la siesta con mi pijama favorito de niña tonta, lo mal que encajaría esa visita, y lo rápido que me la quitaría de encima… pero en él, sin embargo, veía esa mirada fija en mis ojos siempre fingiendo atención, y escuchaba sus palabras profundas que hablaban como en cada ocasión, de cómo mató con un cuchillo de cocina, a su mujer, ante la mirada atónita de su sobrina de diez años; de cómo enloqueció, y de todos los factores que él intuía que le habían llevado a cometer tal atrocidad. Pero a mí, que la locura me perece ya insignificante, me distraía pensar como aquel hombre adulto, podía estar tan sumamente desnudo ante mí, con el corazón en sus manos, ofreciéndomelo para que yo lo remendase con tan solo mi mirada de comprensión, en cualquier momento, a cualquier hora, sin aviso, abierto absolutamente a mi intromisión en su mundo hostil…
Intentando darme algo de conversación trivial, me preguntó de donde y a qué venía, con un gesto de convencional indiferencia; le respondí con la ficticia amabilidad que llevo siempre puesta cuando voy a estas visitas, y miré a través de la ventana, a todos los que habitaban ese patio rectangular, paseando como almas en pena, a pleno sol.
Cuando parte de la vecindad me había divisado, empecé a escuchar cortejos (por llamarlos de algún modo), halagando sobre todo, la zona final de mi espalda. Me volví de nuevo hacia el conserje, que sonreía ante el espectáculo poco habitual, y le recordé, no sin un sonriente “por favor”, que llamase al inquilino al que buscaba, ya que en principio, a mí no se me permitía la entrada a su habitación. Dudó el nombre de la persona a la que buscaba, se lo repetí, y finalmente, lo llamó a través de megafonía, alterando aún más a la vecindad hambrienta de actividad externa.
Unos minutos más tarde, apareció él, con unas zapatillas de andar por casa de pleno invierno, - a pesar de estar ya, en un adentrado y caluroso mes de Julio -, unos pantalones cortos roídos y sucios, y poniéndose una camiseta que hace unos años debió ser blanca, de tirantes. Su gesto se alegró al ver que era yo de nuevo, y esperó paciente tras la puerta, a que se abriera para poder saludarme.
El impasible conserje nos abrió y nos llevó, mientras los vecinos hiperhormonados enrojecían, por el pasillo que llevaba a la sala donde solíamos hablar durante horas.
Nos sentamos, y con total naturalidad, él empezó a hablarme, ajeno a las miradas curiosas del resto de habitantes que asomaban por las ventanas diciendo impertinencias sobre algunas partes muy concretas de mi cuerpo, como si ya en ese instante, no existiera nadie más que nosotros dos.
Yo, acostumbrada a estas situaciones de submundo, no podía dejar de pensar en cómo me entrometía casi cada semana, y sin aviso, en la vida íntima de aquel hombre, sin darle opción a prepararse para la visita, sin saber si le apetecía o no mi presencia… y no podía evitar compararme, y pensar cómo me sentiría yo, si alguien apareciese en la puerta de mi casa, así de repente, llamando sin cita previa, para meterse en mi comedor mientras intento hacer la siesta con mi pijama favorito de niña tonta, lo mal que encajaría esa visita, y lo rápido que me la quitaría de encima… pero en él, sin embargo, veía esa mirada fija en mis ojos siempre fingiendo atención, y escuchaba sus palabras profundas que hablaban como en cada ocasión, de cómo mató con un cuchillo de cocina, a su mujer, ante la mirada atónita de su sobrina de diez años; de cómo enloqueció, y de todos los factores que él intuía que le habían llevado a cometer tal atrocidad. Pero a mí, que la locura me perece ya insignificante, me distraía pensar como aquel hombre adulto, podía estar tan sumamente desnudo ante mí, con el corazón en sus manos, ofreciéndomelo para que yo lo remendase con tan solo mi mirada de comprensión, en cualquier momento, a cualquier hora, sin aviso, abierto absolutamente a mi intromisión en su mundo hostil…

0 Comments:
Post a Comment
<< Home