La fibra sensiblera

Hoy he visto de nuevo “Los puentes de Madison”. Es la tercera vez que lo hago, y sólo la segunda me hizo llorar todo lo que no había llorado en mi vida de chica dura que se burla del sensible desde las alturas, como buena psicóloga ajena al dolor humano. Cada vez que somos espectadores de un acontecimiento, lo vivimos desde un ángulo diferente, y nos afecta en función de quienes somos en ese instante. Nunca somos los mismos, cada segundo añadimos a nuestro saco de vivencias, un miligramo de sabiduría más, que condiciona nuestro yo futuro, el que seremos mañana, el que jamás se repetirá.
La primera vez que vi la película, significó una de esas pérdidas de tiempo frente a la tele en la que todos hemos caído en alguna ocasión; me pareció sensiblona, lenta, de argumento estúpido, y especialmente básica. Dirigida a un público adiestrado en masa y, por ello, digna de ser eliminada de inmediato de mi memoria cinematográfica.
La segunda vez, por el contrario, mi umbral de sensibilidad era profundamente más fino, y al cabo de media hora de visualización, ya estaba llorando como una niña sin juguetes. Lo extraño fue, que, a medida que iba avanzando el film, mi llanto se iba dilucidando, convirtiéndose en un grito de auxilio de mujer que realmente se identificaba con aquella madre atrapada en su confortable vida perfecta, en su casa de campo perfecta, con su familia, perfectamente reprochable por mi yo más profundo.
La explicitación de un amor tan puro, tan tierno, tan sensual, tan suave, sin forzar; y todo lo que emocionalmente implican esas caricias eléctricas, esas miradas llenas de significado, esos mensajes implícitos entre amantes que sólo se aman, sin estar sujetos a convenciones, que desprenden sudor de amor por cada poro… Todo eso, y la velocidad con la que se debe vivir ese cuento de princesas para que logre serlo sin más, me hizo concluir que sólo el amor inconcluso, el que se rompe por la fuerza, el que no sucumbe, el que sobrevive al paso del tiempo, el eterno… lo es, por que el verdadero amor, el que nos deja marcas a fuego, es el amor imposible.
La primera vez que vi la película, significó una de esas pérdidas de tiempo frente a la tele en la que todos hemos caído en alguna ocasión; me pareció sensiblona, lenta, de argumento estúpido, y especialmente básica. Dirigida a un público adiestrado en masa y, por ello, digna de ser eliminada de inmediato de mi memoria cinematográfica.
La segunda vez, por el contrario, mi umbral de sensibilidad era profundamente más fino, y al cabo de media hora de visualización, ya estaba llorando como una niña sin juguetes. Lo extraño fue, que, a medida que iba avanzando el film, mi llanto se iba dilucidando, convirtiéndose en un grito de auxilio de mujer que realmente se identificaba con aquella madre atrapada en su confortable vida perfecta, en su casa de campo perfecta, con su familia, perfectamente reprochable por mi yo más profundo.
La explicitación de un amor tan puro, tan tierno, tan sensual, tan suave, sin forzar; y todo lo que emocionalmente implican esas caricias eléctricas, esas miradas llenas de significado, esos mensajes implícitos entre amantes que sólo se aman, sin estar sujetos a convenciones, que desprenden sudor de amor por cada poro… Todo eso, y la velocidad con la que se debe vivir ese cuento de princesas para que logre serlo sin más, me hizo concluir que sólo el amor inconcluso, el que se rompe por la fuerza, el que no sucumbe, el que sobrevive al paso del tiempo, el eterno… lo es, por que el verdadero amor, el que nos deja marcas a fuego, es el amor imposible.

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