ser mujer

Tuesday, November 17, 2009

Vi a través de él...


Dejó la puerta entreabierta en un descuido, y sin intención concreta, algo me arrastró hacia el hueco y me hizo observarlo. Lo veía casi a diario, pero nunca antes lo había mirado así. Me quedé posada, inmóvil, y mis ojos no podían despegarse de los suyos, aunque él no pudiese verme… Sentado tras su mesa medieval, y rodeado de archivadores llenos de vidas vacías, fijaba su mirada hacia ningún punto, y pude conectar durante unos instantes con su mente enferma.

Aunque lo había ocultado durante tiempo bajo ese aspecto cordial y aparentemente sencillo, se había contagiado. Había oído hablar del riesgo, e incluso había logrado colarse en el mundo de los infectados lavando su sangre cada semana, creyendo en una vacuna estelar que lo haría inmune; pero un día, cuando su sangre estaba ya tan líquida que no corría por sus venas, su corazón, actuó por su cuenta sin contar con la razón con la que no se hablaba, y sus defensas morales bajaron hasta exponerse al riesgo sin ninguna protección.

Me confesó, sin hablarme, que empezó a notar los síntomas años atrás; su cuerpo se debilitó, y aunque su mente todavía se perdía en estaciones de tren, en reencuentros y despedidas, sus manos ya no eran capaces de acariciar a nadie; su piel se volvió tosca, su lívido parecía haber discutido irreconciliablemente con su pene, y en su alma se instaló un otoño eterno.

Una mañana, al despertar, miró su reflejo ante el espejo, y no fue capaz de reconocer al ser que allí habitaba. Sintió que toda su vida se desplomaba ante sus fatigados pies, el andamio sobre el que trepó durante años, se derrumbó, y desde el suelo, sin poder moverse, reconoció que se había contagiado. Sus perros lo observaban con piedad, como amantes fieles postrados ante un dueño que ya ha muerto.

Nadie le había advertido que aquello que él consideraba que sería una aventura más, era un largo camino sin retorno hacia la oscuridad más profunda. Corría un riesgo enorme al entrar allí, incluso él, que siempre presumió de corazón valiente. Se sintió engañado, despechado, furioso… Pero eran tan nimias sus fuerzas ya por aquel entonces, que decidió no luchar. Se quedó quieto, arrodillado, impotente, ante la mirada atónita de sus perros, y decidió que jamás hablaría a nadie de su nueva enfermedad. Fingiría estar sano, cantaría a la mañana, aunque su alma rompiera a llorar en cada nota, levantaría el puño con fuerza, aunque su brazo se quebrara en soledad, alzaría una bandera en cuyos colores ya no creía…

Creyó que jamás nadie lograría ver que su sangre se había ido coloreando de un gris oscuro denso funcionarial, pero esa mañana, tras el hueco de su puerta, yo pude verlo… atravesé sus ojos y olí a través de sus poros abiertos, la enfermedad que sufría. No interrumpí, soy discreta. Nunca se lo dije, pero creo que él sabe que conozco su horrible secreto…

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