La princesa SISA...
Érase una vez una princesita, que nació en un enorme palacio glamuroso, y creció colmada de todo lo que el resto de niños envidiaban en esas épocas de hambrunas y resfriados mortales. La princesita era inmune al mundo color marrón oscuro que la rodeaba, y a los olores de peste y tifus, pero su sensibilidad, se afinaba tras esas paredes de bronce brillante de su palacio.
Tenía un caballito de oro macizo, muñecas de carita de marfil, 10 niñeras y una casa con miles de salas donde correr libremente, pero esa pequeña princesa, se sentía fuera de contexto. Era una niña obediente, aunque crítica, reflexiva, inteligente, que sabía escuchar… y todo eso, le hacía cuestionarse las incongruencias de la vida. ¿Por qué un padre no puede amar a sus hijos públicamente?, ¿Por qué hay profesores más infantiles que alumnos de primaria? ¿Por qué no debo mentir? ¿Por qué debo creer? ¿Y en qué debo hacerlo? Nuestra avispada niña, se hacía mil preguntas asomada a la ventana de sus aposentos, mirando más allá de donde logra llegar la vista… Ante tantas dudas, la princesa maduró huyendo de las responsabilidades femeninas propias de su época, y cada vez más, sentía la necesidad de entender a la gente que la rodeaba. No reparó en que esa tarea, le costaría toda su vida, o si lo hizo, no quiso alarmarse, sólo se dedicó a sentir como lo hacía el panadero, el lechero, la costurera, y ya más adelante, el yonki, la puta y los hijos, vecinos, y amigos de éstos… Esta dura tarea que ella ejecutaba sonriente y eficaz, simbolizaba para nuestra princesa la fórmula mágica de supervivencia, y así, tomó la decisión más relevante de su vida. Jamás se enamoraría.
Como su tía abuela le decía de pequeña, “no habrá ni hombre ni corsé que logre sujetarme”, nadie podría ocupar su corazón enorme y entorpecer su labor de fémina humanitaria, y así, continuó su labor por prisiones, burdeles y callejones sin salida.
Durante mucho tiempo, cumplió con lo que más feliz la hacía: dio 300 veces cama al que no la tenía, alimentó 1.423 veces a los que tenían hambre, movió sus contactos de princesa pródiga 7.643 veces para el bienestar de los que lo necesitaban, y repartió 33,425.000 sonrisas a aquellos que la miraban con tristeza, y sin parase a analizar sus propios sentimientos, nuestra princesa se hizo grande.
Donde iba era conocida como la princesa de los marginados, la maestra de los niños imposibles, la que reparte amor y de la que nadie sabe apenas nada…
En una ocasión, convivió con militares y logró que éstos se hicieran pacifistas, un grupo de pirómanos agresivos, le entregaron sus mecheros, la asociación de locas del barrio, la hicieron miembro honorífico, hizo que un torero de renombre, se hiciera vegetariano, e incluso logró, abrir el corazón de más de uno que creía tenerlo cerrado con candado y sin llave.
Y ahí sucedió; la princesa del pueblo, rompió su promesa de niña comprometida, y tal y como su destino vaticinaba, sufrió un enorme punzazo directo en el centro de su corazón enorme y rojo, más fuerte que cualquier otro sentimiento que antes hubiera recorrido su cuerpo. Y como era de todas la más valiente, aunque asustada de inicio, se dejó llevar por la dulzura y la ternura que ese ser tan particular le ofrecía, y se dio cuenta de que ser humano, tiene estos percances, y que vivirlos, desde dentro, desde las entrañas, te hace más libre y más capaz de lo que ella en su mundo de dedicación podía haber imaginado jamás.
Pero eso sí, fue firme con su postura inicial de niña crítica y antisistema. Nunca le fue fiel a ese hombre al que le concedió su gran amor, le era infiel con todos los demás seres humanos que se cruzaban en su camino, les daba el máximo amor a todos, sin miedo, con total entrega… Y así esta bella princesita destronada de lo material, se convirtió en lo que es. Una mujer que en cuanto la miras, te apetece amarla de inmediato, y hacerlo para siempre…
Tenía un caballito de oro macizo, muñecas de carita de marfil, 10 niñeras y una casa con miles de salas donde correr libremente, pero esa pequeña princesa, se sentía fuera de contexto. Era una niña obediente, aunque crítica, reflexiva, inteligente, que sabía escuchar… y todo eso, le hacía cuestionarse las incongruencias de la vida. ¿Por qué un padre no puede amar a sus hijos públicamente?, ¿Por qué hay profesores más infantiles que alumnos de primaria? ¿Por qué no debo mentir? ¿Por qué debo creer? ¿Y en qué debo hacerlo? Nuestra avispada niña, se hacía mil preguntas asomada a la ventana de sus aposentos, mirando más allá de donde logra llegar la vista… Ante tantas dudas, la princesa maduró huyendo de las responsabilidades femeninas propias de su época, y cada vez más, sentía la necesidad de entender a la gente que la rodeaba. No reparó en que esa tarea, le costaría toda su vida, o si lo hizo, no quiso alarmarse, sólo se dedicó a sentir como lo hacía el panadero, el lechero, la costurera, y ya más adelante, el yonki, la puta y los hijos, vecinos, y amigos de éstos… Esta dura tarea que ella ejecutaba sonriente y eficaz, simbolizaba para nuestra princesa la fórmula mágica de supervivencia, y así, tomó la decisión más relevante de su vida. Jamás se enamoraría.
Como su tía abuela le decía de pequeña, “no habrá ni hombre ni corsé que logre sujetarme”, nadie podría ocupar su corazón enorme y entorpecer su labor de fémina humanitaria, y así, continuó su labor por prisiones, burdeles y callejones sin salida.
Durante mucho tiempo, cumplió con lo que más feliz la hacía: dio 300 veces cama al que no la tenía, alimentó 1.423 veces a los que tenían hambre, movió sus contactos de princesa pródiga 7.643 veces para el bienestar de los que lo necesitaban, y repartió 33,425.000 sonrisas a aquellos que la miraban con tristeza, y sin parase a analizar sus propios sentimientos, nuestra princesa se hizo grande.
Donde iba era conocida como la princesa de los marginados, la maestra de los niños imposibles, la que reparte amor y de la que nadie sabe apenas nada…
En una ocasión, convivió con militares y logró que éstos se hicieran pacifistas, un grupo de pirómanos agresivos, le entregaron sus mecheros, la asociación de locas del barrio, la hicieron miembro honorífico, hizo que un torero de renombre, se hiciera vegetariano, e incluso logró, abrir el corazón de más de uno que creía tenerlo cerrado con candado y sin llave.
Y ahí sucedió; la princesa del pueblo, rompió su promesa de niña comprometida, y tal y como su destino vaticinaba, sufrió un enorme punzazo directo en el centro de su corazón enorme y rojo, más fuerte que cualquier otro sentimiento que antes hubiera recorrido su cuerpo. Y como era de todas la más valiente, aunque asustada de inicio, se dejó llevar por la dulzura y la ternura que ese ser tan particular le ofrecía, y se dio cuenta de que ser humano, tiene estos percances, y que vivirlos, desde dentro, desde las entrañas, te hace más libre y más capaz de lo que ella en su mundo de dedicación podía haber imaginado jamás.
Pero eso sí, fue firme con su postura inicial de niña crítica y antisistema. Nunca le fue fiel a ese hombre al que le concedió su gran amor, le era infiel con todos los demás seres humanos que se cruzaban en su camino, les daba el máximo amor a todos, sin miedo, con total entrega… Y así esta bella princesita destronada de lo material, se convirtió en lo que es. Una mujer que en cuanto la miras, te apetece amarla de inmediato, y hacerlo para siempre…

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