noche rota
26/02/06 22:40h en el reloj del vídeo que tengo enfrente.
Y aquel sonido de limpiaparabrisas con lluvia y aire acondicionado, creó esa noche en mi cabeza, la melodía más triste que jamás escuché…
No sé si las cosas iban bien o no, o quizás el hecho de no planteárselo o de hacerlo demasiado, ya nos da la respuesta.
Esa noche, bien por naturaleza, bien por escasez o bien por pre-menstrualidad, no entraré ahora en indagar los posibles porqués, mis senos estaban ardiendo con los pezones erectos, mi culo abierto y deseoso de ser penetrado por esa polla que últimamente me había frecuentado, y mi coño líquido y meloso preparado para ser devorado, ultrajado y saciado por él, mi hombre.
Salimos a uno de tantos “quehaceres” cotidianos que ambos odiamos, tras un par de rechazos explícitos hacia la posesión de mi cuerpo; todo igual que siempre…Y de igual modo, como en muchas ocasiones (más al inicio de la prolongada relación y en descenso, con el paso de las horas de esos casi siete años), me quité las bragas, dispuesta a intercalar como antaño, un espacio fugaz e intenso de sexo en cualquier polígono relativamente poco concurrido, entre aquel inevitable momento de marital convivencia.
Y aquel sonido de limpiaparabrisas con lluvia y aire acondicionado, creó esa noche en mi cabeza, la melodía más triste que jamás escuché…
No sé si las cosas iban bien o no, o quizás el hecho de no planteárselo o de hacerlo demasiado, ya nos da la respuesta.
Esa noche, bien por naturaleza, bien por escasez o bien por pre-menstrualidad, no entraré ahora en indagar los posibles porqués, mis senos estaban ardiendo con los pezones erectos, mi culo abierto y deseoso de ser penetrado por esa polla que últimamente me había frecuentado, y mi coño líquido y meloso preparado para ser devorado, ultrajado y saciado por él, mi hombre.
Salimos a uno de tantos “quehaceres” cotidianos que ambos odiamos, tras un par de rechazos explícitos hacia la posesión de mi cuerpo; todo igual que siempre…Y de igual modo, como en muchas ocasiones (más al inicio de la prolongada relación y en descenso, con el paso de las horas de esos casi siete años), me quité las bragas, dispuesta a intercalar como antaño, un espacio fugaz e intenso de sexo en cualquier polígono relativamente poco concurrido, entre aquel inevitable momento de marital convivencia.
Y salimos. Él con la firme intención de cumplir con la obligación de pareja casada, y yo con esa y otra añadida: arreglar la relación a través del “acto” animal (estrechando, como siempre, mi espectro de soluciones para afianzar cualquier tipo de relación social).
Ni siquiera me sorprendió el gesto de desdén que reflejó su rostro ante la propuesta de fornicar en el coche. La comodidad, una vez más anteponiéndose ante la grandiosidad de la magia, el amor, la pasión, todo aquello con lo que había soñado con él, la única ficha por la que jamás había apostado.
Tampoco fue novedad la dejadez con la que tras introducirle su mano bajo mi falda, acercando su dedo enfermo a mi sexo, me tocó.
No había novedad, pero un dolor enorme, contra el que decidí luchar sólo momentáneamente, para poder así, rendirme con soltura a los placeres de la copulación esporádica, me invadió pasando por absolutamente todas las partes de mi cuerpo, como cuando una melodía me encantaba, transformando mi piel lisa, en pequeños nódulos de punta hipersensibles…En fin, que ahí lo supe, dejada llevar por la magia que habitualmente invadía mi cabeza y mi corazón, oí , con un clínex de “autolimpieza” en la mano, aquel sonido de limpiaparabrisas con lluvia y aire acondicionado, que creó, esa noche, en mi cabeza, la melodía más triste que jamás escuché…¿Es que por fin todo había acabado? ¿Fue un sueño del que me había despertado? Que dolor…dolor de corazón de mujer de mediana edad que apostó sabiendo que podía perder, y finalmente, perdió. Aunque también ganó.

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